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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling
tienes, Dudley, cariñín», él la miró ceñudo. Su vida se había vuelto bastante más desagradable
desde que había llegado con el informe escolar de fin de curso.
Como de costumbre, tío Vernon y tía Petunia habían logrado encontrar disculpas para las
malas notas de su hijo: tía Petunia insistía siempre en que Dudley era un muchacho de gran
talento incomprendido por sus profesores, en tanto que tío Vernon aseguraba que no quería
«tener por hijo a uno de esos mariquitas empollones». Tampoco dieron mucha importancia a
las acusaciones de que su hijo tenía un comportamiento violento. («¡Es un niño un poco
inquieto, pero no le haría daño a una mosca!», dijo tía Petunia con lágrimas en los ojos.)
Pero al final del informe había unos bien medidos comentarios de la enfermera del
colegio que ni siquiera tío Vernon y tía Petunia pudieron soslayar. Daba igual que tía Petunia
lloriqueara diciendo que Dudley era de complexión recia, que su peso era en realidad el
propio de un niñito saludable, y que estaba en edad de crecer y necesitaba comer bien: el caso
era que los que suministraban los uniformes ya no tenían pantalones de su tamaño. La
enfermera del colegio había visto lo que los ojos de tía Petunia (tan agudos cuando se trataba
de descubrir marcas de dedos en las brillantes paredes de su casa o de espiar las idas y venidas
de los vecinos) sencillamente se negaban a ver: que, muy lejos de necesitar un refuerzo
nutritivo, Dudley había alcanzado ya el tamaño y peso de una ballena asesina joven.
Y de esa manera, después de muchas rabietas y discusiones que hicieron temblar el suelo
del dormitorio de Harry y de muchas lágrimas derramadas por tía Petunia, dio comienzo el
nuevo régimen de comidas. Habían pegado a la puerta del frigorífico la dieta enviada por la
enfermera del colegio Smeltings, y el frigorífico mismo había sido vaciado de las cosas
favoritas de Dudley (bebidas gaseosas, pasteles, tabletas de chocolate y hamburguesas) y
llenado en su lugar con fruta y verdura y todo aquello que tío Vernon llamaba «comida de
conejo». Para que Dudley no lo llevara tan mal, tía Petunia había insistido en que toda la
familia siguiera el régimen. En aquel momento le sirvió su trozo de pomelo a Harry, quien
notó que era mucho más pequeño que el de Dudley. A juzgar por las apariencias, tía Petunia
pensaba que la mejor manera de levantar la moral a Dudley era asegurarse de que, por lo
menos, podía comer más que Harry.
Pero tía Petunia no sabía lo que se ocultaba bajo la tabla suelta del piso de arriba. No
tenía ni idea de que Harry no estaba siguiendo el régimen. En cuanto éste se había enterado de
que tenía que pasar el verano alimentándose de tiras de zanahoria, había enviado a Hedwig a
casa de sus amigos pidiéndoles socorro, y ellos habían cumplido maravillosamente: Hedwig
había vuelto de casa de Hermione con una caja grande llena de cosas sin azúcar para picar (los
padres de Hermione eran dentistas); Hagrid, el guardabosque de Hogwarts, le había enviado
una bolsa llena de bollos de frutos secos hechos por él (Harry ni siquiera los había tocado: ya
había experimentado las dotes culinarias de Hagrid); en cuanto a la señora Weasley, le había
enviado a la lechuza de la familia, Errol, con un enorme pastel de frutas y pastas variadas. El
pobre Errol, que era viejo y débil, tardó cinco días en recuperarse del viaje. Y luego, el día de
su cumpleaños (que los Dursley habían pasado olímpicamente por alto), había recibido cuatro
tartas estupendas enviadas por Ron, Hermione, Hagrid y Sirius. Todavía le quedaban dos, y
por eso, impaciente por tomarse un desayuno de verdad cuando volviera a su habitación,
empezó a comerse el pomelo sin una queja.
Tío Vernon dejó el periódico a un lado con un resoplido de disgusto y observó su trozo
de pomelo.
-¿Esto es el desayuno? -preguntó de mal humor a tía Petunia.
Ella le dirigió una severa mirada y luego asintió con la cabeza, mirando de forma harto
significativa a Dudley, que había terminado ya su parte de pomelo y observaba el de Harry
con una expresión muy amarga en sus pequeños ojos de cerdito.
Tío Vernon lanzó un intenso suspiro que le alborotó el poblado bigote y cogió la cuchara.
Llamaron al timbre de la puerta. Tío Vernon se levantó con mucho esfuerzo y fue al
recibidor. Veloz como un rayo, mientras su madre preparaba el té, Dudley le robó a su padre
lo que le quedaba de pomelo.
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