J- K. Rowling 139
quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego

la cabeza-. Bastante más gruesa de lo usual... bastante rígida... veintiséis centímetros... ¡Avis!
La varita de carpe produjo un estallido semejante a un disparo, y un montón de pajarillos
salieron piando de la punta y se fueron por la ventana abierta hacia la pálida luz del sol.
-Bien -dijo el viejo mago, devolviéndole la varita a Krum-. Ahora queda... el señor
Potter.
Harry se levantó y fue hasta el señor Ollivander cruzándose con Krum. Le entregó su
varita.
-¡Aaaah, sí! -exclamó el señor Ollivander con ojos brillantes de entusiasmo-. Sí, sí, sí. La
recuerdo perfectamente.
Harry también se acordaba. Lo recordaba como si hubiera sido el día anterior.
Cuatro veranos antes, el día en que cumplía once años, había entrado con Hagrid en la
tienda del señor Ollivander para comprar una varita mágica. El señor Ollivander le había
tomado medidas y luego le fue entregando una serie de varitas para que las probara. Harry
cogió y probó casi todas las varitas de la tienda, o al menos eso le pareció, hasta encontrar una
que le iba bien, aquélla, que estaba hecha de acebo, medía veintiocho centímetros y contenía
una única pluma de la cola de un fénix. El señor Ollivander se había quedado muy
sorprendido de que a Harry le fuera tan bien aquella varita. «Curioso -había dicho-... muy
curioso.» Y sólo cuando al fin Harry le preguntó qué era lo curioso, le había explicado que la
pluma de fénix de aquella varita provenía del mismo pájaro que la del interior de la varita de
lord Voldemort.
Harry no se lo había dicho a nadie. Le tenía mucho cariño a su varita, y no había nada
que pudiera hacer para evitar aquel parentesco con la de Voldemort, de la misma manera que
no podía evitar el suyo con tía Petunia. Pero esperaba que el señor Ollivander no les revelara a
los presentes nada de aquello. Le daba la impresión de que, silo hacia, la pluma a vuelapluma
de Rita Skeeter explotaría de la emoción.
El anciano mago se pasó mucho más rato examinando la varita de Harry que la de ningún
otro. Pero al final hizo manar de ella un chorro de vino y se la devolvió a Harry, declarando
que estaba en perfectas condiciones.
-Gracias a todos -dijo Dumbledore, levantándose-. Ya podéis regresar a clase. O tal vez
sería más práctico ir directamente a cenar, porque falta poco para que terminen...
Harry se levantó para irse, con la sensación de que al final no todo había ido mal aquel
día, pero el hombre de la cámara de fotos negra se levantó de un salto y se aclaró la garganta.
-¡Las fotos, Dumbledore, las fotos! -gritó Bagman-. Todos los campeones y los
miembros del tribunal. ¿Qué te parece, Rita?
-Eh... sí, ésas primero -dijo Rita Skeeter, poniendo los ojos de nuevo en Harry-. Y luego
tal vez podríamos sacar unas individuales.
Las fotografías llevaron bastante tiempo. Dondequiera que se colocara, Madame Maxime
le quitaba la luz a todo el mundo, y el fotógrafo no podía retroceder lo suficiente para que ella
cupiera. Por último se tuvo que sentar mientras los demás se quedaban de pie a su alrededor.
Karkarov se empeñaba en enroscar la perilla con el dedo para que quedara más curvada.
Krum, a quien Harry suponía acostumbrado a aquel tipo de cosas, se escondió al fondo para
quedar medio oculto. El fotógrafo parecía querer que Fleur se pusiera delante, pero Rita
Skeeter se acercó y tiró de Harry para destacarlo. Luego insistió en que se tomaran fotos
individuales de los campeones, tras lo cual por fin pudieron irse.
Harry bajó a cenar. Vio que Hermione no estaba en el Gran Comedor, e imaginó que
seguía en la enfermería por lo de los dientes. Cenó solo a un extremo de la mesa, y luego
volvió a la torre de Gryffindor pensando en todos los deberes extra que tendría que hacer
sobre los encantamientos convocadores. Arriba, en el dormitorio, se encontró con Ron.
-Has recibido una lechuza -le informó éste con brusquedad, señalando la almohada de
Harry. La lechuza del colegio lo aguardaba allí.
-Ah, bien -dijo Harry.
-Y tenemos que cumplir el castigo mañana por la noche, en la mazmorra de Snape -
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