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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling

aquellos llamativos intrusos y se había resistido a dejarlos beber de su bebedero antes de vol-
ver a emprender el vuelo. A Harry, en cambio, le habían gustado: le habían hecho imaginarse
palmeras y arena blanca, y esperaba que dondequiera que se encontrara Sirius (él nunca decía
dónde, por si interceptaban la carta) se lo estuviera pasando bien. Harry dudaba que los
dementores sobrevivieran durante mucho tiempo en un lugar muy soleado. Quizá por eso
Sirius había ido hacia el sur. Las cartas de su padrino (ocultas bajo la utilísima tabla suelta
que había debajo de la cama de Harry) mostraban un tono alegre, y en ambas le insistía en que
lo llamara si lo necesitaba. Pues bien, en aquel momento lo necesitaba...
La lámpara de Harry pareció oscurecerse a medida que la fría luz gris que precede al
amanecer se introducía en el dormitorio. Finalmente, cuando los primeros rayos de sol daban
un tono dorado a las paredes y empezaba a oírse ruido en la habitación de tío Vernon y tía
Petunia, Harry despejó la mesa de trozos estrujados de pergamino y releyó la carta ya
acabada:

Querido Sirius:
Gracias por tu última carta. Vaya pájaro más grande: casi no podía entrar por la
ventana.
Aquí todo sigue como siempre. La dieta de Dudley no va demasiado bien. Mi
tía lo descubrió ayer escondiendo en su habitación unas rosquillas que había traído
de la calle. Le dijeron que tendrían que rebajarle la paga si seguía haciéndolo, y él se
puso como loco y tiró la videoconsola por la ventana. Es una especie de ordenador
en el que se puede jugar. Fue algo bastante tonto, realmente, porque ahora ni
siquiera puede evadirse con su Mega-Mutilation, tercera generación.
Yo estoy bien, sobre todo gracias a que tienen muchísimo miedo de que
aparezcas de pronto y los conviertas en murciélagos.
Sin embargo, esta mañana me ha pasado algo raro. La cicatriz me ha vuelto a
doler. La última vez que ocurrió fue porque Voldemort estaba en Hogwarts. Pero
supongo que es imposible que él ronde ahora por aquí, ¿verdad? ¿Sabes si es normal
que las cicatrices producidas por maldiciones duelan años después?
Enviaré esta carta en cuanto regrese Hedwig. Ahora está por ahí, cazando.
Recuerdos a Buckbeak de mi parte.
Harry

«Sí -pensó Harry-, no está mal así.» No había por qué explicar lo del sueño, pues no
quería dar la impresión de que estaba muy preocupado. Plegó el pergamino y lo dejó a un lado
de la mesa, preparado para cuando volviera Hedwig. Luego se puso de pie, se desperezó y
abrió de nuevo el armario. Sin mirar al espejo, empezó a vestirse para bajar a desayunar.



3

La invitación

Los tres Dursley ya se encontraban sentados a la mesa cuando Harry llegó a la cocina.
Ninguno de ellos levantó la vista cuando él entró y se sentó. El rostro de tío Vernon, grande y
colorado, estaba oculto detrás de un periódico sensacionalista, y tía Petunia cortaba en cuatro
trozos un pomelo, con los labios fruncidos contra sus dientes de conejo.
Dudley parecía furioso, y daba la sensación de que ocupaba más espacio del habitual, que
ya es decir, porque él siempre abarcaba un lado entero de la mesa cuadrada. Cuando tía
Petunia le puso en el plato uno de los trozos de pomelo sin azúcar con un temeroso «Aquí
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