J- K. Rowling 129
quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego


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La comprobación de las varitas mágicas

Al despertar el domingo por la mañana, a Harry le costó un rato recordar por qué se sentía tan
mal. Luego, el recuerdo de la noche anterior estuvo dándole vueltas en la cabeza. Se
incorporó en la cama y descorrió las cortinas del dosel para intentar hablar con Ron y
explicarle las cosas, pero la cama de su amigo se hallaba vacía. Evidentemente, había bajado a
desayunar.
Harry se vistió y bajó por la escalera de caracol a la sala común. En cuanto apareció, los
que ya habían vuelto del desayuno prorrumpieron en aplausos. La perspectiva de bajar al Gran
Comedor, donde estaría el resto de los alumnos de Gryffindor, que lo tratarían como a una
especie de héroe, no lo seducía en absoluto. La alternativa, sin embargo, era quedarse allí y
ser acorralado por los hermanos Creevey, que en aquel momento le insistían por señas en que
se acercara. Caminó resueltamente hacia el retrato, lo abrió, traspasó el hueco y se encontró
de cara con Hermione.
-Hola -saludó ella, que llevaba una pila de tostadas envueltas en una servilleta-. Te he
traído esto... ¿Quieres dar un paseo?
-Buena idea -le contestó Harry, agradecido.
Bajaron la escalera, cruzaron aprisa el vestíbulo sin desviar la mirada hacia el Gran
Comedor y pronto recorrían a zancadas la explanada en dirección al lago, donde estaba
anclado el barco de Durmstrang, que se reflejaba en la superficie como una mancha oscura.
Era una mañana fresca, y no dejaron de moverse, masticando las tostadas, mientras Harry le
contaba a Hermione qué era exactamente lo que había ocurrido después de abandonar la
noche anterior la mesa de Gryffindor. Para alivio suyo, Hermione aceptó su versión sin un
asomo de duda.
-Bueno, estaba segura de que tú no te habías propuesto -declaró cuando él terminó de
relatar lo sucedido en la sala-. ¡Si hubieras visto la cara que pusiste cuando Dumbledore leyó
tu nombre! Pero la pregunta es: ¿quién lo hizo? Porque Moody tiene razón, Harry: no creo
que ningún estudiante pudiera hacerlo... Ninguno sería capaz de burlar el cáliz de fuego, ni de
traspasar la raya de...
-¿Has visto a Ron? -la interrumpió Harry.
Hermione dudó.
-Eh... sí... está desayunando -dijo.
-¿Sigue pensando que yo eché mi nombre en el cáliz?
-Bueno, no... no creo... no en realidad -contestó Hermione con embarazo.
-¿Qué quiere decir «no en realidad»?
-¡Ay, Harry!, ¿es que no te das cuenta? -dijo Hermione-. ¡Está celoso!
-¿Celoso? -repitió Harry sin dar crédito a sus oídos-. ¿Celoso de qué? ¿Es que le gustaría
hacer el ridículo delante de todo el colegio?
-Mira -le explicó Hermione armándose de paciencia-, siempre eres tú el que acapara la
atención, lo sabes bien. Sé que no es culpa tuya -se apresuró a añadir, viendo que Harry abría
la boca para protestar-, sé que no lo vas buscando... pero el caso es que Ron tiene en casa
todos esos hermanos con los que competir, y tú eres su mejor amigo, y eres famoso. Cuando
te ven a ti, nadie se fija en él, y él lo aguanta, nunca se queja. Pero supongo que esto ha sido la
gota que colma el vaso...
-Genial -dijo Harry con amargura-, realmente genial. Dile de mi parte que me cambio
con él cuando quiera. Dile de mi parte que por mi encantado... Verá lo que es que todo el
mundo se quede mirando su cicatriz de la frente con la boca abierta a donde quiera que vaya...
-No pienso decirle nada -replicó Hermione-. Díselo tú: es la única manera de arreglarlo.
-¡No voy a ir detrás de él para ver si madura! -estalló Harry. Había hablado tan alto que,
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