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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling
¿verdad? Quiero decir... que te habrías dado cuenta, ¿no? Intentaría liquidarte, ¿no es cierto?
No sé, Harry, a lo mejor las cicatrices producidas por maldiciones duelen siempre un poco...
Le preguntaré a mi padre...
El señor Weasley era un mago plenamente cualificado que trabajaba en el Departamento
Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles del Ministerio de Magia, pero no tenía
experiencia en materia de maldiciones, que Harry supiera. En cualquier caso, no le hacía
gracia la idea de que toda la familia Weasley se enterara de que él, Harry, se había
preocupado mucho a causa de un dolor que seguramente duraría muy poco. La señora
Weasley alborotaría aún más que Hermione; y Fred y George, los gemelos de dieciséis años
hermanos de Ron, podrían pensar que Harry estaba perdiendo el valor. Los Weasley eran su
familia favorita: esperaba que pudieran invitarlo a quedarse algún tiempo con ellos (Ron le
había mencionado algo sobre los Mundiales de quidditch), y no quería que esa visita estuviera
salpicada de indagaciones sobre su cicatriz.
Harry se frotó la frente con los nudillos. Lo que realmente quería (y casi le avergonzaba
admitirlo ante sí mismo) era alguien como... alguien como un padre: un mago adulto al que
pudiera pedir consejo sin sentirse estúpido, alguien que lo cuidara, que hubiera tenido
experiencia con la magia oscura...
Y entonces encontró la solución. Era tan simple y tan obvia, que no podía creer que
hubiera tardado tanto en dar con ella: Sirius.
Harry saltó de un brinco de la cama, fue rápidamente al otro extremo del dormitorio y se
sentó a la mesa. Sacó un trozo de pergamino, cargó de tinta la pluma de águila, escribió
«Querido Sirius», y luego se detuvo, pensando cuál sería la mejor forma de expresar su
problema y sin dejar de extrañarse de que no se hubiera acordado antes de Sirius. Pero bien
mirado no era nada sorprendente: al fin y al cabo, hacía menos de un año que había
averiguado que Sirius era su padrino.
Había un motivo muy simple para explicar la total ausencia de Sirius en la vida de Harry:
había estado en Azkaban, la horrenda prisión del mundo mágico vigilada por unas criaturas
llamadas dementores, unos monstruos ciegos que absorbían el alma y que habían ido hasta
Hogwarts en persecución de Sirius cuando éste escapó. Pero Sirius era inocente, ya que los
asesinatos por los que lo habían condenado eran en realidad obra de Colagusano, el secuaz de
Voldemort a quien casi todo el mundo creía muerto. Harry, Ron y Hermione, sin embargo,
sabían que la verdad era otra: el curso anterior habían tenido a Colagusano frente a frente,
aunque luego sólo el profesor Dumbledore les había creído.
Durante una hora de gloriosa felicidad, Harry había creído que podría abandonar a los
Dursley, porque Sirius le había ofrecido un hogar una vez que su nombre estuviera
rehabilitado. Pero aquella oportunidad se había esfumado muy pronto: Colagusano se había
escapado antes de que hubieran podido llevarlo al Ministerio de Magia, y Sirius había tenido
que huir volando para salvar la vida. Harry lo había ayudado a hacerlo sobre el lomo de un
hipogrifo llamado Buckbeak, y desde entonces Sirius permanecía oculto. Harry se había
pasado el verano pensando en la casa que habría tenido si Colagusano no se hubiera escapado.
Había resultado especialmente duro volver con los Dursley sabiendo que había estado a punto
de librarse de ellos para siempre.
No obstante, y aunque no pudiera estar con Sirius, éste había sido de cierta ayuda para
Harry. Gracias a Sirius, ahora podía tener todas sus cosas con él en el dormitorio. Antes, los
Dursley no lo habían consentido: su deseo de hacerle la vida a Harry tan penosa como fuera
posible, unido al miedo que les inspiraba su poder, habían hecho que todos los veranos
precedentes guardaran bajo llave el baúl escolar de Harry en la alacena que había debajo de la
escalera. Pero su actitud había cambiado al averiguar que su sobrino tenía como padrino a un
asesino peligroso (oportunamente, Harry había olvidado decirles que Sirius era inocente).
Desde que había vuelto a Privet Drive, Harry había recibido dos cartas de Sirius. No se
las había entregado una lechuza, como era habitual en el correo entre magos, sino unos
pájaros tropicales grandes y de brillantes colores. A Hedwig no le habían hecho gracia
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