J- K. Rowling 109
quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego
-No creo -contestó Hermione.
-¿Entonces cómo? ¿En escoba? -dijo Harry, levantando la vista al cielo estrellado.
-No creo tampoco... no desde tan lejos...
-¿En traslador? -sugirió Ron-. ¿Pueden aparecerse? A lo mejor en sus países está
permitido aparecerse antes de los diecisiete años.
-Nadie puede aparecerse dentro de los terrenos de Hogwarts. ¿Cuántas veces os lo tengo
que decir? -exclamó Hermione perdiendo la paciencia.
Escudriñaron nerviosos los terrenos del colegio, que se oscurecían cada vez más. No se
movía nada por allí. Todo estaba en calma, silencioso y exactamente igual que siempre. Harry
empezaba a tener un poco de frío, y confió en que se dieran prisa. Quizá los extranjeros
preparaban una llegada espectacular... Recordó lo que había dicho el señor Weasley en el
cámping, antes de los Mundiales: «Siempre es igual. No podemos resistirnos a la ostentación
cada vez que nos juntamos...»
Y entonces, desde la última fila, en la que estaban todos los profesores, Dumbledore
gritó:
-¡Ajá! ¡Si no me equivoco, se acercan los representantes de Beauxbatons!
-¿Por dónde? -preguntaron muchos con impaciencia, mirando en diferentes direcciones.
-¡Por allí! -gritó uno de sexto, señalando hacia el bosque.
Una cosa larga, mucho más larga que una escoba (y, de hecho, que cien escobas), se
acercaba al castillo por el cielo azul oscuro, haciéndose cada vez más grande.
-¡Es un dragón! -gritó uno de los de primero, perdiendo los estribos por completo.
-No seas idiota... ¡es una casa volante! -le dijo Dennis Creevey.
La suposición de Dennis estaba más cerca de la realidad. Cuando la gigantesca forma
negra pasó por encima de las copas de los árboles del bosque prohibido casi rozándolas, y la
luz que provenía del castillo la iluminó, vieron que se trataba de un carruaje colosal, de color
azul pálido y del tamaño de una casa grande, que volaba hacia ellos tirado por una docena de
caballos alados de color tostado pero con la crin y la cola blancas, cada uno del tamaño de un
elefante.
Las tres filas delanteras de alumnos se echaron para atrás cuando el carruaje descendió
precipitadamente y aterrizó a tremenda velocidad. Entonces golpearon el suelo los cascos de
los caballos, que eran más grandes que platos, metiendo tal ruido que Neville dio un salto y
pisó a un alumno de Slytherin de quinto curso. Un segundo más tarde el carruaje se posó en
tierra, rebotando sobre las enormes ruedas, mientras los caballos sacudían su enorme cabeza y
movían unos grandes ojos rojos.
Antes de que la puerta del carruaje se abriera, Harry vio que llevaba un escudo: dos
varitas mágicas doradas cruzadas, con tres estrellas que surgían de cada una.
Un muchacho vestido con túnica de color azul pálido saltó del carruaje al suelo, hizo una
inclinación, buscó con las manos durante un momento algo en el suelo del carruaje y desplegó
una escalerilla dorada. Respetuosamente, retrocedió un paso. Entonces Harry vio un zapato
negro brillante, con tacón alto, que salía del interior del carruaje. Era un zapato del mismo
tamaño que un trineo infantil. Al zapato le siguió, casi inmediatamente, la mujer más grande
que Harry había visto nunca. Las dimensiones del carruaje y de los caballos quedaron
inmediatamente explicadas. Algunos ahogaron un grito.
En toda su vida, Harry sólo había visto una persona tan gigantesca como aquella mujer, y
ése era Hagrid. Le parecía que eran exactamente igual de altos, pero aun así (y tal vez porque
estaba habituado a Hagrid) aquella mujer -que ahora observaba desde el pie de la escalerilla a
la multitud, que a su vez la miraba atónita a ella- parecía aún más grande. Al dar unos pasos
entró de lleno en la zona iluminada por la luz del vestíbulo, y ésta reveló un hermoso rostro de
piel morena, unos ojos cristalinos grandes y negros, y una nariz afilada. Llevaba el pelo
recogido por detrás, en la base del cuello, en un moño reluciente. Sus ropas eran de satén
negro, y una multitud de cuentas de ópalo brillaban alrededor de la garganta y en sus gruesos
dedos.
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