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quieroleer Harry Potter y el cáliz de fuego J- K. Rowling
pasmo de horror lo había despertado... ¿o había sido el dolor de la cicatriz?
¿Y quién era aquel anciano? Porque ya tenía claro que en el sueño aparecía un hombre
viejo: Harry lo había visto caer al suelo. Las imágenes le llegaban de manera confusa. Se
volvió a cubrir la cara con las manos e intentó representarse la estancia en penumbra, pero era
tan difícil como tratar de que el agua recogida en el cuenco de las manos no se escurriera
entre los dedos. Voldemort y Colagusano habían hablado sobre alguien a quien habían
matado, aunque no podía recordar su nombre... y habían estado planeando un nuevo asesinato:
el suyo.
Harry apartó las manos de la cara, abrió los ojos y observó a su alrededor tratando de
descubrir algo inusitado en su dormitorio. En realidad, había una cantidad extraordinaria de
cosas inusitadas en él: a los pies de la cama había un baúl grande de madera, abierto, y dentro
de él un caldero, una escoba, una túnica negra y diversos libros de embrujos; los rollos de
pergamino cubrían la parte de la mesa que dejaba libre la jaula grande y vacía en la que
normalmente descansaba Hedwig, su lechuza blanca; en el suelo, junto a la cama, había un
libro abierto. Lo había estado leyendo por la noche antes de dormirse. Todas las fotos del
libro se movían. Hombres vestidos con túnicas de color naranja brillante y montados en
escobas voladoras entraban y salían de la foto a toda velocidad, arrojándose unos a otros una
pelota roja.
Harry fue hasta el libro, lo cogió y observó cómo uno de los magos marcaba un tanto
espectacular colando la pelota por un aro colocado a quince metros de altura. Luego cerró el
libro de golpe. Ni siquiera el quidditch (en opinión de Harry, el mejor deporte del mundo)
podía distraerlo en aquel momento. Dejó Volando con los Cannons en su mesita de noche, se
fue al otro extremo del dormitorio y retiró las cortinas de la ventana para observar la calle.
El aspecto de Privet Drive era exactamente el de una respetable calle de las afueras en la
madrugada de un sábado. Todas las ventanas tenían las cortinas corridas. Por lo que Harry
distinguía en la oscuridad, no había un alma en la calle, ni siquiera un gato.
Y aun así, aun así... Nervioso, Harry regresó a la cama, se sentó en ella y volvió a
llevarse un dedo a la cicatriz. No era el dolor lo que le incomodaba: estaba acostumbrado al
dolor y a las heridas. En una ocasión había perdido todos los huesos del brazo derecho, y
durante la noche le habían vuelto a crecer, muy dolorosamente. No mucho después, un col-
millo de treinta centímetros de largo se había clavado en aquel mismo brazo. Y durante el
último curso, sin ir más lejos, se había caído desde una escoba voladora a quince metros de
altura. Estaba habituado a sufrir extraños accidentes y heridas: eran inevitables cuando uno
iba al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, y él tenía una habilidad especial para atraer
todo tipo de problemas.
No, lo que a Harry le incomodaba era que la última vez que le había dolido la cicatriz
había sido porque Voldemort estaba cerca. Pero Voldemort no podía andar por allí en esos
momentos... La misma idea de que lord Voldemort merodeara por Privet Drive era absurda,
imposible.
Harry escuchó atentamente en el silencio. ¿Esperaba sorprender el crujido de algún
peldaño de la escalera, o el susurro de una capa? Se sobresaltó al oír un tremendo ronquido de
su primo Dudley, en el dormitorio de al lado.
Harry se reprendió mentalmente. Se estaba comportando como un estúpido: en la casa no
había nadie aparte de él y de tío Vernon, tía Petunia y Dudley, y era evidente que ellos
dormían tranquilos y que ningún problema ni dolor había perturbado su sueño.
Cuando más le gustaban los Dursley a Harry era cuando estaban dormidos; despiertos
nunca constituían para él una ayuda. Tío Vernon, tía Petunia y Dudley eran los únicos
parientes vivos que tenía. Eran muggles (no magos) que odiaban y despreciaban la magia en
cualquiera de sus formas, lo que suponía que Harry era tan bienvenido en aquella casa como
una plaga de termitas. Habían explicado sus largas ausencias durante el curso en Hogwarts los
últimos tres años diciendo a todo el mundo que estaba internado en el Centro de Seguridad
San Bruto para Delincuentes Juveniles Incurables. Los Dursley estaban al corriente de que,
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