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quieroleer Harry Potter y el prisionero de Azkaban J. K. Rowling

-¡A comer! -aconsejó a todo el mundo, sonriendo.
Mientras Harry se servía patatas asadas, las puertas del Gran Comedor volvieron a
abrirse. Era la profesora Trelawney, que se deslizaba hacia ellos como si fuera sobre ruedas.
Dada la ocasión, se había puesto un vestido verde de lentejuelas que acentuaba su aspecto de
libélula gigante.
-¡Sybill, qué sorpresa tan agradable! -dijo Dumbledore, poniéndose en pie.
-He estado consultando la bola de cristal, señor director -dijo la profesora Trelawney con
su voz más lejana-. Y ante mi sorpresa, me he visto abandonando mi almuerzo solitario y
reuniéndome con vosotros. ¿Quién soy yo para negar los designios del destino? Dejé la torre y
vine a toda prisa, pero os ruego que me perdonéis por la tardanza
-Por supuesto -dijo Dumbledore, parpadeando-. Permíteme que te acerque una silla...
E hizo, con la varita, que por el aire se acercara una silla que dio unas vueltas antes de
caer ruidosamente entre los profesores Snape y McGonagall. La profesora Trelawney, sin
embargo, no se sentó. Sus enormes ojos habían vagado por toda la mesa y de pronto dio un
leve grito.
-¡No me atrevo, señor director! ¡Si me siento, seremos trece! ¡Nada da peor suerte! ¡No
olvidéis nunca que cuando trece comen juntos, el primero en levantarse es el primero en
morir!
-Nos arriesgaremos, Sybill -dijo impaciente la profesora McGonagall-. Por favor,
siéntate. El pavo se enfría.
La profesora Trelawney dudó. Luego se sentó en la silla vacía con los ojos cerrados y la
boca muy apretada, como esperando que un rayo cayera en la mesa. La profesora McGonagall
introdujo un cucharón en la fuente más próxima.
-¿Quieres callos, Sybill?
La profesora Trelawney no le hizo caso. Volvió a abrir los ojos, echó un vistazo a su
alrededor y dijo:
-Pero ¿dónde está mi querido profesor Lupin?
-Me temo que ha sufrido una recaída -dijo Dumbledore, animando a todos a que se
sirvieran-. Es una pena que haya ocurrido el día de Navidad.
-Pero seguro que ya lo sabías, Sybill.
La profesora Trelawney dirigió una mirada gélida a la profesora McGonagall.
-Por supuesto que lo sabía, Minerva -dijo en voz baja-. Pero no quiero alardear de saberlo
todo. A menudo obro como si no estuviera en posesión del ojo interior, para no poner
nerviosos a los demás.
-Eso explica muchas cosas -respondió la profesora McGonagall.
La profesora Trelawney elevó la voz:
-Si te interesa saberlo, he visto que el profesor Lupin nos dejará pronto. Él mismo parece
comprender que le queda poco tiempo. Cuando me ofrecí a ver su destino en la bola de cristal,
huyó.
-Me lo imagino.
-Dudo -observó Dumbledore, con una voz alegre pero fuerte que puso fin a la
conversación entre las profesoras McGonagall y Trelawney- que el profesor Lupin esté en pe-
ligro inminente. Severus, ¿has vuelto a hacerle la poción?
-Sí, señor director -dijo Snape.
-Bien -dijo Dumbledore-. Entonces se levantará y dará una vuelta por ahí en cualquier
momento. Derek, ¿has probado las salchichas? Son estupendas.
El muchacho de primer curso enrojeció intensamente porque Dumbledore se había
dirigido directamente a él, y cogió la fuente de salchichas con manos temblorosas.
La profesora Trelawney se comportó casi con normalidad hasta que, dos horas después,
terminó la comida. Atiborrados con el banquete y tocados con los gorros que habían salido de
los cohetes sorpresa, Harry y Ron fueron los primeros en levantarse de la mesa, y la profesora
dio un grito.
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