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quieroleer Harry Potter y el prisionero de Azkaban J. K. Rowling

semana el pueblo de Hogsmeade. Le rogamos que entregue a sus padres o tutores el
documento de autorización adjunto para que lo firmen.
También se adjunta la lista de libros del próximo curso.
Atentamente,
Profesora M. McGonagall
Subdirectora

Harry extrajo la autorización para visitar el pueblo de Hogsmeade, y la examinó, ya sin
sonreír. Sería estupendo visitar Hogsmeade los fines de semana; sabía que era un pueblo
enteramente dedicado a la magia y nunca había puesto en él los pies. Pero ¿cómo demonios
iba a convencer a sus tíos de que le firmaran la autorización?
Miró el despertador. Eran las dos de la mañana.
Decidió pensar en ello al día siguiente, se metió en la cama y se estiró para tachar otro
día en el calendario que se había hecho para ir descontando los días que le quedaban para
regresar a Hogwarts. Se quitó las gafas y se acostó para contemplar las tres tarjetas de
cumpleaños.
Aunque era un muchacho diferente en muchos aspectos, en aquel momento Harry Potter
se sintió como cualquier otro:
contento, por primera vez en su vida, de que fuera su cumpleaños.



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El error de tía Marge

Cuando Harry bajó a desayunar a la mañana siguiente, se encontró a los tres Dursley ya
sentados a la mesa de la cocina. Veían la televisión en un aparato nuevo, un regalo que le
habían hecho a Dudley al volver a casa después de terminar el curso, porque se había quejado
a gritos del largo camino que tenía que recorrer desde el frigorífico a la tele de la salita.
Dudley se había pasado la mayor parte del verano en la cocina, con los ojos de cerdito fijos en
la pantalla y sus cinco papadas temblando mientras engullía sin parar.
Harry se sentó entre Dudley y tío Vernon, un hombre corpulento, robusto, que tenía el
cuello corto y un enorme bigote. Lejos de desearle a Harry un feliz cumpleaños, ninguno de
los Dursley dio muestra alguna de haberse percatado de que Harry acababa de entrar en la
cocina, pero él estaba demasiado acostumbrado para ofenderse. Se sirvió una tostada y miró al
presentador de televisión, que informaba sobre un recluso fugado.
«Tenemos que advertir a los telespectadores de que Black va armado y es muy peligroso.
Se ha puesto a disposición del público un teléfono con línea directa para que cualquiera que lo
vea pueda denunciarlo.»
-No hace falta que nos digan que no es un buen tipo -resopló tío Vernon echando un
vistazo al fugitivo por encima del periódico-. ¡Fijaos qué pinta, vago asqueroso! ¡Fijaos qué
pelo!
Lanzó una mirada de asco hacia donde estaba Harry, cuyo pelo desordenado había sido
motivo de muchos enfados de tío Vernon. Sin embargo, comparado con el hombre de la
televisión, cuya cara demacrada aparecía circundada por una revuelta cabellera que le llegaba
hasta los codos, Harry parecía muy bien arreglado.
Volvió a aparecer el presentador.
«El ministro de Agricultura y Pesca anunciará hoy
-¡Un momento! -ladró tío Vernon, mirando furioso a] presentador-. ¡No nos has dicho de
dónde se ha escapado ese enfermo! ¿Qué podemos hacer? ¡Ese lunático podría estar
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