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quieroleer Harry Potter y el prisionero de Azkaban J. K. Rowling
cionante, y los jugadores iban montados en escoba. Harry era muy bueno jugando al
quidditch. Era el jugador más joven de Hogwarts de los últimos cien años. Uno de sus trofeos
más estimados era la escoba de carreras Nimbus 2.000.
Harry dejó a un lado el estuche y cogió el último paquete. Reconoció de inmediato los
garabatos que había en el papel marrón: aquel paquete lo había enviado Hagrid, el guarda-
bosques de Hogwarts. Desprendió la capa superior de papel y vislumbró una cosa verde y
como de piel, pero antes de que pudiera desenvolverlo del todo, el paquete tembló y lo que es-
taba dentro emitió un ruido fuerte, como de fauces que se cierran.
Harry se estremeció. Sabía que Hagrid no le enviaría nunca nada peligroso a propósito,
pero es que las ideas de Hagrid sobre lo que podía resultar peligroso no eran muy normales:
Hagrid tenía amistad con arañas gigantes; había comprado en las tabernas feroces perros de
tres cabezas; y había escondido en su cabaña huevos de dragón (lo cual estaba prohibido).
Harry tocó el paquete con el dedo, con temor. Volvió a hacer el mismo ruido de cerrar de
fauces. Harry cogió la lámpara de la mesita de noche, la sujetó firmemente con una mano y la
levantó por encima de su cabeza, preparado para atizar un golpe. Entonces cogió con la otra
mano lo que quedaba del envoltorio y tiró de él.
Cayó un libro. Harry sólo tuvo tiempo de ver su elegante cubierta verde, con el título
estampado en letras doradas, El monstruoso libro de los monstruos, antes de que el libro se
levantara sobre el lomo y escapara por la cama como si fuera un extraño cangrejo.
-Oh... ah -susurró Harry.
Cayó de la cama produciendo un golpe seco y recorrió con rapidez la habitación,
arrastrando las hojas. Harry lo persiguió procurando no hacer ruido. Se había escondido en el
oscuro espacio que había debajo de su mesa. Rezando para que los Dursley estuvieran aún
profundamente dormidos, Harry se puso a cuatro patas y se acercó a él.
-¡Ay!
El libro se cerró atrapándole la mano y huyó batiendo las hojas, apoyándose aún en las
cubiertas. Harry gateó, se echó hacia delante y logró aplastarlo. Tío Vernon emitió un sonoro
ronquido en el dormitorio contiguo.
Hedwig y Errol lo observaban con interés mientras Harry sujetaba el libro fuertemente
entre sus brazos, se iba a toda prisa hacia los cajones del armario y sacaba un cinturón para
atarlo. El libro monstruoso tembló de ira, pero ya no podía abrirse ni cerrarse, así que Harry lo
dejó sobre la cama y cogió la carta de Hagrid.
Querido Harry:
¡Feliz cumpleaños!
He pensado que esto te podría resultar útil para el próximo curso. De momento
no te digo nada más. Te lo diré cuando nos veamos.
Espero que los muggles te estén tratando bien.
Con mis mejores deseos,
Hagrid
A Harry le dio mala espina que Hagrid pensara que podía serle útil un libro que mordía,
pero dejó la tarjeta de Hagrid junto a las de Ron y Hermione, sonriendo con más ganas que
nunca. Ya sólo le quedaba la carta de Hogwarts.
Percatándose de que era más gruesa de lo normal, Harry rasgó el sobre, extrajo la
primera página de pergamino y leyó:
Estimado señor Potter:
Le rogamos que no olvide que el próximo curso dará comienzo el 1 de
septiembre. El expreso de Hogwarts partirá a las once en punto de la mañana de la
estación de King's Cross, anden nueve y tres cuartos.
A los alumnos de tercer curso se les permite visitar determinados fines de
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