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quieroleer Harry Potter y el prisionero de Azkaban J. K. Rowling

porque no pude verle la cara), y tú, tú...
-Creí que te estaba dando un ataque o algo así -dijo Ron, que parecía todavía asustado-.
Te quedaste como rígido, te caíste del asiento y empezaste a agitarte...
-Y entonces el profesor Lupin pasó por encima de ti, se dirigió al dementor y sacó su
varita -explicó Hermione-. Y dijo: «Ninguno de nosotros esconde a Sirius Black bajo la capa.
Vete.» Pero el dementor no se movió, así que Lupin murmuró algo y de la varita salió una
cosa plateada hacia el dementor. Y éste dio media vuelta y se fue...
-Ha sido horrible -dijo Neville, en voz más alta de lo normal-. ¿Notasteis el frío cuando
entró?
-Yo tuve una sensación muy rara -respondió Ron, moviendo los hombros con inquietud-,
como si no pudiera ya volver a sentirme contento...
Ginny, que estaba encogida en su rincón y parecía sentirse casi tan mal como Harry,
sollozó. Hermione se le acercó y le pasó un brazo por detrás, para reconfortaría.
-Pero ¿no os habéis caído del asiento? -preguntó Harry, extrañado.
-No -respondió Ron, volviendo a mirar a Harry con preocupación-. Ginny temblaba
como loca, aunque...
Harry no conseguía entender. Estaba débil y tembloroso, como si se estuviera
recuperando de una mala gripe. También sentía un poco de vergüenza. ¿Por qué había perdido
el control de aquella manera, cuando los otros no lo habían hecho?
El profesor Lupin regresó. Se detuvo al entrar; miró alrededor y dijo con una breve
sonrisa:
-No he envenenado el chocolate, ¿sabéis?
Harry le dio un mordisquito y ante su sorpresa sintió que algo le calentaba el cuerpo y
que el calor se extendía hasta los dedos de las manos y de los pies.
-Llegaremos a Hogwarts en diez minutos -dijo el profesor Lupin-. ¿Te encuentras bien,
Harry?
Harry no preguntó cómo se había enterado el profesor Lupin de su nombre.
-Sí -dijo, un poco confuso.
No hablaron apenas durante el resto del viaje. Finalmente se detuvo el tren en la estación
de Hogsmeade, y se formó mucho barullo para salir del tren: las lechuzas ululaban, los gatos
maullaban y el sapo de Neville croaba debajo de su sombrero. En el pequeño andén hacía un
frío que pelaba; la lluvia era una ducha de hielo.
-¡Por aquí los de primer curso! -gritaba una voz familiar. Harry, Ron y Hermione se
volvieron y vieron la silueta gigante de Hagrid en el otro extremo del andén, indicando por
señas a los nuevos estudiantes (que estaban algo asustados) que se adelantaran para iniciar el
tradicional recorrido por el lago.
-¿Estáis bien los tres? -gritó Hagrid, por encima de la multitud.
Lo saludaron con la mano, pero no pudieron hablarle porque la multitud los empujaba a
lo largo del andén. Harry, Ron y Hermione siguieron al resto de los alumnos y salieron a un
camino embarrado y desigual, donde aguardaban al resto de los alumnos al menos cien
diligencias, todas tiradas (o eso suponía Harry) por caballos invisibles, porque cuando
subieron a una y cerraron la portezuela, se puso en marcha ella sola, dando botes.
La diligencia olía un poco a moho y a paja. Harry se sentía mejor después de tomar el
chocolate, pero aún estaba débil. Ron y Hermione lo miraban todo el tiempo de reojo, como si
tuvieran miedo de que perdiera de nuevo el conocimiento.
Mientras el coche avanzaba lentamente hacia unas suntuosas verjas de hierro flanqueadas
por columnas de piedra coronadas por estatuillas de cerdos alados, Harry vio a otros dos
dementores encapuchados y descomunales, que montaban guardia a cada lado. Estuvo a punto
de darle otro frío vahído. Se reclinó en el asiento lleno de bultos y cerró los ojos hasta que
hubieron atravesado la verja. El carruaje cogió velocidad por el largo y empinado camino que
llevaba al castillo; Hermione se asomaba por la ventanilla para ver acercarse las pequeñas
torres. Finalmente, el carruaje se detuvo y Hermione y Ron bajaron.
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