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quieroleer Harry Potter y el prisionero de Azkaban J. K. Rowling

había amortiguado la caída. De pronto recordó por qué se había caído y se volvió para mirar
en el callejón, entre el garaje y la valla. Los faros delanteros del autobús noctámbulo lo
iluminaban y era evidente que estaba vacío.
-¿Qué miras? -preguntó Stan.
-Había algo grande y negro -explicó Harry, señalando dubitativo-. Como un perro
enorme...
Se volvió hacia Stan, que tenía la boca ligeramente abierta. No le hizo gracia que se fijara
en la cicatriz de su frente.
-¿Qué es lo que tienes en la frente? -preguntó Stan.
-Nada -contestó Harry, tapándose la cicatriz con el pelo. Si el Ministerio de Magia lo
buscaba, no quería ponerles las cosas demasiado fáciles.
-¿Cómo te llamas? -insistió Stan.
-Neville Longbottom -respondió Harry, dando el primer nombre que le vino a la cabeza-.
Así que... así que este autobús... -dijo con rapidez, esperando desviar la atención de Stan-.
¿Has dicho que va a donde yo quiera?
-Sí -dijo Stan con orgullo-. A donde quieras, siempre y cuando haya un camino por tierra.
No podemos ir por debajo del agua. Nos has dado el alto, ¿verdad? -dijo, volviendo a ponerse
suspicaz-. Sacaste la varita y... ¿verdad?
-Sí -respondió Harry con prontitud-. Escucha, ¿cuánto costaría ir a Londres?
-Once sickles -dijo Stan-. Pero por trece te damos además una taza de chocolate y por
quince una bolsa de agua caliente y un cepillo de dientes del color que elijas.
Harry rebuscó otra vez en el baúl, sacó el monedero y entregó a Stan unas monedas de
plata. Entre los dos cogieron el baúl, con la jaula de Hedwig encima, y lo subieron al autobús.
No había asientos; en su lugar; al lado de las ventanas con cortinas, había media docena
de camas de hierro. A los lados de cada una había velas encendidas que iluminaban las
paredes revestidas de madera.
Un brujo pequeño con gorro de dormir murmuró en la parte trasera:
-Ahora no, gracias: estoy escabechando babosas. -Y se dio la vuelta, sin dejar de dormir.
-La tuya es ésta -susurró Stan, metiendo el baúl de Harry bajo la cama que había detrás
del conductor; que estaba sentado ante el volante-. Éste es nuestro conductor; Ernie Prang.
Éste es Neville Longbottom, Ernie.
Ernie Prang, un brujo anciano que llevaba unas gafas muy gruesas, le hizo un ademán
con la cabeza. Harry volvió a taparse la cicatriz con el flequillo y se sentó en la cama.
-Vámonos, Ernie -dijo Stan, sentándose en su asiento, al lado del conductor.
Se oyó otro estruendo y al momento Harry se encontró estirado en la cama, impelido
hacia atrás por la aceleración del autobús noctámbulo. Al incorporarse miró por la ventana y
vio, en medio de la oscuridad, que pasaban a velocidad tremenda por una calle irreconocible.
Stan observaba con gozo la cara de sorpresa de Harry.
-Aquí estábamos antes de que nos dieras el alto -explicó-. ¿Dónde estamos, Ernie? ¿En
Gales?
-Sí -respondió Ernie.
-¿Cómo es que los muggles no oyen el autobús? -preguntó Harry.
-¿Ésos? -respondió Stan con desdén-. No saben escuchar; ¿a que no? Tampoco saben
mirar. Nunca ven nada.
-Vete a despertar a la señora Marsh -ordenó Ernie a Stan-. Llegaremos a Abergavenny en
un minuto.
Stan pasó al lado de la cama de Harry y subió por una escalera estrecha de madera. Harry
seguía mirando por la ventana, cada vez más nervioso. Ernie no parecía dominar el volante. El
autobús noctámbulo invadía continuamente la acera, pero no chocaba contra nada. Cuando se
aproximaba a ellos, los buzones, las farolas y las papeleras se apartaban y volvían a su sitio en
cuanto pasaba.
Stan reapareció, seguido por una bruja ligeramente verde arropada en una capa de viaje.
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