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quieroleer Harry Potter y el prisionero de Azkaban J. K. Rowling
Le dio un escalofrío. Miró a ambos lados de la calle Magnolia. ¿Qué le sucedería? ¿Lo
detendrían o lo expulsarían del mundo mágico? Pensó en Ron y Hermione, y aún se entriste-
ció más. Harry estaba seguro de que, delincuente o no, Ron y Hermione querrían ayudarlo,
pero ambos estaban en el extranjero, y como Hedwig se había ido, no tenía forma de co-
municarse con ellos.
Tampoco tenía dinero muggle. Le quedaba algo de oro mágico en el monedero, en el
fondo del baúl, pero el resto de la fortuna que le habían dejado sus padres estaba en una cáma-
ra acorazada del banco mágico Gringotts, en Londres. Nunca podría llevar el baúl a rastras
hasta Londres. A menos que...
Miró la varita mágica, que todavía tenía en la mano. Si ya lo habían expulsado (el
corazón le latía con dolorosa rapidez), un poco más de magia no empeoraría las cosas. Tenía
la capa invisible que había heredado de su padre. ¿Qué pasaría si hechizaba el baúl para
hacerlo ligero como una pluma, lo ataba a la escoba, se cubría con la capa y se iba a Londres
volando? Podría sacar el resto del dinero de la cámara y.. comenzar su vida de marginado. Era
un horrible panorama, pero no podía quedarse allí sentado o tendría que explicarle a la policía
muggle por qué se hallaba allí a las tantas de la noche con una escoba y un baúl lleno de libros
de encantamientos.
Harry volvió a abrir el baúl y lo fue vaciando en busca de la capa para hacerse invisible.
Pero antes de que la encontrara se incorporó y volvió a mirar a su alrededor.
Un extraño cosquilleo en la nuca le provocaba la sensación de que lo estaban vigilando,
pero la calle parecía desierta y no brillaba luz en ninguna casa.
Volvió a inclinarse sobre el baúl y casi inmediatamente se incorporó de nuevo, todavía
con la varita en la mano. Más que oírlo, lo intuyó: había alguien detrás de él, en el estrecho
hueco que se abría entre el garaje y la valla. Harry entornó los ojos mientras miraba el oscuro
callejón. Si se moviera, sabría si se trataba de un simple gato callejero o de otra cosa.
-¡Lumos! -susurró Harry. Una luz apareció en el extremo de la varita, casi
deslumbrándole. La mantuvo en alto, por encima de la cabeza, y las paredes del nº 2,
recubiertas de guijarros, brillaron de repente. La puerta del garaje se iluminó y Harry vio allí,
nítidamente, la silueta descomunal de algo que tenía ojos grandes y brillantes.
Se echó hacia atrás. Tropezó con el baúl. Alargó el brazo para impedir la caída, la varita
salió despedida de la mano y él aterrizó junto al bordillo de la acera.
Sonó un estruendo y Harry se tapó los ojos con las manos, para protegerlos de una
repentina luz cegadora...
Dando un grito, se apartó rodando de la calzada justo a tiempo. Un segundo más tarde,
un vehículo de ruedas enormes y grandes faros delanteros frenó con un chirrido exactamente
en el lugar en que había caído Harry Era un autobús de dos plantas, pintado de rojo vivo, que
había salido de la nada. En el parabrisas llevaba la siguiente inscripción con letras doradas:
AUTOBÚS NOCTÁMBULO Durante una fracción de segundo, Harry pensó si no lo habría
aturdido la caída. El cobrador, de uniforme rojo salto del autobús y dijo en voz alta sin mirar a
nadie:
-Bienvenido al autobús noctámbulo, transporte de emergencia para el brujo abandonado a
su suerte. Alargue la varita, suba a bordo y lo llevaremos a donde quiera. Me llamo Stan
Shunpike. Estaré a su disposición esta no...
El cobrador se interrumpió. Acababa de ver a Harry que seguía sentado en el suelo.
Harry cogió de nuevo la varita y se levantó de un brinco. Al verlo de cerca, se dio cuenta de
que Stan Shunpike era tan sólo unos años mayor que él: no tendría más de dieciocho o
diecinueve. Tenía las orejas grandes y salidas, y un montón de granos.
-¿Qué hacías ahí? -dijo Stan, abandonando los buenos modales.
-Me caí -contestó Harry.
-¿Para qué? -preguntó Stan- con risa burlona.
-No me caí a propósito -contestó Harry enfadado.
Se había hecho un agujero en la rodillera de los vaqueros y le sangraba la mano con que
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