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quieroleer Harry Potter y el prisionero de Azkaban J. K. Rowling
merecen. Una buena paliza es lo que haría falta en el noventa y nueve por ciento de los casos.
¿Te han sacudido con frecuencia?
-Ya lo creo -respondió Harry-, muchísimas veces.
Tía Marge arrugó el entrecejo.
-Sigue sin gustarme tu tono, muchacho. Si puedes hablar tan tranquilamente de los azotes
que te dan, es que no te sacuden bastante fuerte. Petunia, yo en tu lugar escribiría. Explica con
claridad que con este chico admites la utilización de los métodos más enérgicos.
Tal vez a tío Vernon le preocupara que Harry pudiera olvidar el trato que acababan de
hacer; de cualquier forma, cambió abruptamente de tema:
-¿Has oído las noticias esta mañana, Marge? ¿Qué te parece lo de ese preso que ha
escapado?
Con tía Marge en casa, Harry empezaba a echar de menos la vida en el número 4 de Privet
Drive tal como era antes de su aparición. Tío Vernon y tía Petunia solían preferir que Harry se
perdiera de vista, cosa que ponía a Harry la mar de contento. Tía Marge, por el contrario,
quería tener a Harry continuamente vigilado, para poder lanzar sugerencias encaminadas a
mejorar su comportamiento. A ella le encantaba comparar a Harry con Dudley, y le producía
un placer especial entregarle a éste regalos caros mientras fulminaba a Harry con la mirada,
como si quisiera que Harry se atreviera a preguntar por qué no le daba nada a él. No dejaba de
lanzar indirectas sobre los defectos de Harry.
-No debes culparte por cómo ha salido el chico, Vernon -dijo el tercer día, a la hora de la
comida-. Si está podrido por dentro, no hay nada que hacer.
Harry intentaba pensar en la comida, pero le temblaban las manos y el rostro le ardía de
ira.
«Tengo que recordar la autorización, tengo que pensar en Hogsmeade, no debo decir
nada, no debo levantarme.»
Tía Marge alargó el brazo para coger la copa de vino.
-Es una de las normas básicas de la crianza, se ve claramente en los perros: de tal palo,
tal astilla.
En aquel momento estalló la copa de vino que tía Marge tenía en la mano. En todas
direcciones salieron volando fragmentos de cristal, y tía Marge parpadeó y farfulló algo. De
su cara grande y encarnada caían gotas de vino.
¡Marge! -chilló tía Petunia-. ¡Marge!, ¿te encuentras bien?
-No te preocupes -gruñó tía Marge secándose la cara con la servilleta-. Debo de haber
apretado la copa demasiado fuerte. Me pasó lo mismo el otro día, en casa del coronel Fubster.
No tiene importancia, Petunia, es que cojo las cosas con demasiada fuerza...
Pero tanto tía Petunia como tío Vernon miraban a Harry suspicazmente, de forma que
éste decidió quedarse sin tomar el pudín y levantarse de la mesa lo antes posible.
Se apoyó en la pared del vestíbulo, respirando hondo. Hacía mucho tiempo que no perdía
el control de aquella manera, haciendo estallar algo. No podía permitirse que aquello se
repitiera. La autorización para ir a Hogsmeade no era lo único que estaba en juego... Si
continuaba así, tendría problemas con el Ministerio de Magia.
Harry era todavía un brujo menor de edad y tenía prohibido por la legislación del mundo
mágico hacer magia fuera del colegio. Su expediente no estaba completamente limpio. El
verano anterior le habían enviado una amonestación oficial en la que se decía claramente que
si el Ministerio volvía a tener constancia de que se empleaba la magia en Privet Drive,
expulsarían a Harry del colegio.
Oyó a los Dursley levantarse de la mesa y se apresuró a desaparecer escaleras arriba.
Harry soportó los tres días siguientes obligándose a pensar en el Manual de mantenimiento de
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