J. K. Rowling 129
quieroleer Harry Potter y el prisionero de Azkaban

susurró algo a Lavender y ambas miraron a la muchacha. La profesora Trelawney se in-
corporó y la contempló con ira.
-Siento decirte que desde el momento en que llegaste a esta clase ha resultado evidente
que careces de lo que requiere el noble arte de la adivinación. En realidad, no recuerdo haber
tenido nunca un alumno cuya mente fuera tan incorregiblemente vulgar.
Hubo un momento de silencio.
-Bien -dijo de repente Hermione, levantándose y metiendo en la mochila su ejemplar de
Disipar las nieblas del futuro-. Bien -repitió, echándose la mochila al hombro y casi
derribando a Ron de la silla-, abandono. ¡Me voy!
Y ante el asombro de toda la clase, Hermione se dirigió con paso firme hacia la trampilla,
la abrió de un golpe y se perdió escaleras abajo.
La clase tardó unos minutos en volver a apaciguarse. Parecía que la profesora Trelawney
se había olvidado por completo del Grim. Se volvió de repente desde la mesa de Harry y Ron,
respirando hondo a la vez que se subía el chal transparente.
-¡Aaaaah! -exclamó de repente Lavender; sobresaltando a todo el mundo-. ¡Aaaah,
profesora Trelawney, acabo de acordarme! Usted la ha visto salir; ¿no es así, profesora? «En
torno a Semana Santa, uno de vosotros nos dejará para siempre.» Lo dijo usted hace milenios,
profesora.
La profesora Trelawney le dirigió una amable sonrisa.
-Sí, querida. Ya sabía que nos dejaría la señorita Granger. Una siempre tiene la
esperanza, sin embargo, de haber confundido los signos... El ojo interior puede ser una cruz,
¿sabéis?
Lavender y Parvati parecían muy impresionadas y se apartaron para que la profesora
Trelawney pudiera ponerse en su mesa.
-Hermione se la está buscando, ¿verdad? -susurró Ron a Harry, con expresión
sobrecogida.
-Sí...
Harry miró en la bola de cristal, pero no vio nada salvo niebla blanca formando
remolinos. ¿De verdad había vuelto a ver al Grim la profesora Trelawney? ¿Lo vería él? Lo
que menos falta le hacía era otro accidente casi mortal con la final de quidditch cada vez más
cerca.


Las vacaciones de Semana Santa no resultaron lo qué se dice relajantes. Los de tercero nunca
habían tenido tantos deberes. Neville Longbottom parecía encontrarse al borde del colapso
nervioso y no era el único.
-¿A esto lo llaman vacaciones? -gritó Seamus Finnigan una tarde, en la sala común-. Los
exámenes están a mil años de distancia, ¿qué es lo que pretenden?
Pero nadie tenía tanto trabajo como Hermione. Aun sin Adivinación, cursaba más
asignaturas que ningún otro. Normalmente era la última en abandonar por la noche la sala
común y la primera en llegar al día siguiente a la biblioteca. Tenía ojeras como Lupin y
parecía en todo momento estar a punto de echarse a llorar.
Ron se estaba encargando de la apelación en el caso de Buckbeak. Cuando no hacía sus
propios deberes estaba enfrascado en enormes volúmenes que tenían títulos como Manual de
psicología hipogrífica o ¿Ave o monstruo? Un estudió de la brutalidad del hipogrifo. Estaba
tan absorto en el trabajo que incluso se olvidó de tratar mal a Crookshanks.
Harry, mientras tanto, tenía que combinar sus deberes con el diario entrenamiento de
quidditch, por no mencionar las interminables discusiones de tácticas con Wood. El partido
entre Gryffindor y Slytherin tendría lugar el primer sábado después de las vacaciones de
Semana Santa. Slytherin iba en cabeza y sacaba a Gryffindor doscientos puntos exactos.
Esto significaba, como Wood recordaba a su equipo constantemente, que necesitaban
ganar el partido con una ventaja mayor; si querían ganar la copa. También significaba que la
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