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quieroleer Harry Potter y el prisionero de Azkaban J. K. Rowling
acercándose ahora mismo por la calle!
Tía Petunia, que era huesuda y tenía cara de caballo, se dio la vuelta y escudriñó
atentamente por la ventana de la cocina. Harry sabía que a tía Petunia le habría encantado
llamar a aquel teléfono directo. Era la mujer más entrometida del mundo, y pasaba la mayor
parte del tiempo espiando a sus vecinos, que eran aburridísimos y muy respetuosos con las
normas.
-¡Cuándo aprenderán -dijo tío Vernon, golpeando la mesa con su puño grande y
amoratado- que la horca es la única manera de tratar a esa gente!
-Muy cierto -dijo tía Petunia, que seguía espiando las judías verdes del vecino.
Tío Vernon apuró la taza de té, miró el reloj y añadió:
-Tengo que marcharme. El tren de Marge llega a las diez.
Harry, cuya cabeza seguía en la habitación con el equipo de mantenimiento de escobas
voladoras, volvió de golpe a la realidad.
-¿Tía Marge? -barbotó-. No... no vendrá aquí, ¿verdad?
Tía Marge era la hermana de tío Vernon. Aunque no era pariente consanguíneo de Harry
(cuya madre era hermana de tía Petunia), desde siempre lo habían obligado a llamarla «tía».
Tía Marge vivía en el campo, en una casa con un gran jardín donde criaba bulldogs. No iba
con frecuencia a Privet Drive porque no soportaba estar lejos de sus queridos perros, pero sus
visitas habían quedado vívidamente grabadas en la mente de Harry.
En la fiesta que celebró Dudley al cumplir cinco años, tía Marge golpeó a Harry en las
espinillas con el bastón para impedir que ganara a Dudley en el juego de las estatuas
musicales. Unos años después, por Navidad, apareció con un robot automático para Dudley y
una caja de galletas de perro para Harry. En su última visita, el año anterior a su ingreso en
Hogwarts, Harry le había pisado una pata sin querer a su perro favorito. Ripper persiguió a
Harry, obligándole a salir al jardín y a subirse a un árbol, y tía Marge no había querido llamar
al perro hasta pasada la medianoche. El recuerdo de aquel incidente todavía hacía llorar a
Dudley de la risa.
-Marge pasará aquí una semana -gruñó tío Vernon-. Y ya que hablamos de esto -y señaló
a Harry con un dedo amenazador-, quiero dejar claras algunas cosas antes de ir a recogerla.
Dudley sonrió y apartó la vista de la tele. Su entretenimiento favorito era contemplar a
Harry cuando tío Vernon lo reprendía.
-Primero -gruñó tío Vernon-, usarás un lenguaje educado cuando te dirijas a tía Marge.
-De acuerdo -contestó Harry con resentimiento-, si ella lo usa también conmigo.
-Segundo -prosiguió el tío Vernon, como si no hubiera oído la puntualización de Harry-:
como Marge no sabe nada de tu anormalidad, no quiero ninguna exhibición extraña mientras
esté aquí. Compórtate, ¿entendido?
-Me comportaré si ella se comporta -contestó Harry apretando los dientes.
-Y tercero -siguió tío Vernon, casi cerrando los ojos pequeños y mezquinos, en medio de
su rostro colorado-: le hemos dicho a Marge que acudes al Centro de Seguridad San Bruto
para Delincuentes Juveniles Incurables.
-¿Qué? -gritó Harry.
-Y eso es lo que dirás tú también, si no quieres tener problemas -soltó tío Vernon.
Harry permaneció sentado en su sitio, con la cara blanca de ira, mirando a tío Vernon,
casi incapaz de creer lo que oía. Que tía Marge se presentase para pasar toda una semana era
el peor regalo de cumpleaños que los Dursley le habían hecho nunca, incluido el par de
calcetines viejos de tío Vernon.
-Bueno, Petunia -dijo tío Vernon, levantándose con dificultad-, me marcho a la estación.
¿Quieres venir; Dudders?
-No -respondió Dudley, que había vuelto a fijarse en la tele en cuanto tío Vernon acabó
de reprender a Harry
-Duddy tiene que ponerse elegante para recibir a su tía -dijo tía Petunia alisando el
espeso pelo rubio de Dudley-. Mamá le ha comprado una preciosa pajarita nueva.
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