nuestro héroe preferido, señor Mason, y yo la he hecho sobre usted»?

Esto fue más de lo que tía Petunia y Harry podían soportar. Tía Petunia
rompió a llorar de la emoción y abrazó a su hijo, mientras Harry escondía la
cabeza debajo de la mesa para que no lo vieran reírse.

--¿Y tú, niño?

Al enderezarse, Harry hizo un esfuerzo por mantener serio el semblante.

--Me quedaré en mi dormitorio, sin hacer ruido para que no se note que
estoy --repitió.

--Eso espero --dijo el tío duramente--. Los Mason no saben nada de tu
existencia y seguirán sin saber nada. Al terminar la cena, tú, Petunia, volverás
al salón con la señora Mason para tomar el café y yo abordaré el tema de los
taladros. Con un poco de suerte, cerraremos el trato, y el contrato estará
firmado antes del telediario de las diez. Y mañana mismo nos iremos a comprar
un apartamento en Mallorca.

A Harry aquello no le emocionaba mucho. No creía que los Dursley fueran
a quererlo más en Mallorca que en Privet Drive.

--Bien..., voy a ir a la ciudad a recoger los esmóquines para Dudley y para
mí. Y tú --gruñó a Harry--, mantente fuera de la vista de tu tía mientras limpia.

Harry salió por la puerta de atrás. Era un día radiante, soleado. Cruzó el
césped, se dejó caer en el banco del jardín y canturreó entre dientes:
«Cumpleaños feliz..., cumpleaños feliz..., me deseo yo mismo...»

No había recibido postales ni regalos, y tendría que pasarse la noche
fingiendo que no existía. Abatido, fijó la vista en el seto. Nunca se había sentido
tan solo. Antes que ninguna otra cosa de Hogwarts, antes incluso que jugar al
quidditch, lo que de verdad echaba de menos era a sus mejores amigos, Ron
Weasley y Hermione Granger. Pero ellos no parecían acordarse de él. Ninguno
de los dos le había escrito en todo el verano, a pesar de que Ron le había
dicho que lo invitaría a pasar unos días en su casa.

Un montón de veces había estado a punto de emplear la magia para abrir
la jaula de Hedwig y enviarla a Ron y a Hermione con una carta, pero no valía
la pena correr el riesgo. A los magos menores de edad no les estaba permitido
emplear la magia fuera del colegio. Harry no se lo había dicho a los Dursley;
sabía que la única razón por la que no lo encerraban en la alacena debajo de la
escalera junto con su varita mágica y su escoba voladora era porque temían
que él pudiera convertirlos en escarabajos. Durante las dos primeras semanas,
Harry se había divertido murmurando entre dientes palabras sin sentido y
viendo cómo Dudley escapaba de la habitación todo lo deprisa que le permitían
sus gordas piernas. Pero el prolongado silencio de Ron y Hermione le había
hecho sentirse tan apartado del mundo mágico, que incluso el burlarse de
Dudley había perdido la gracia..., y ahora Ron y Hermione se habían olvidado
de su cumpleaños.



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