Se pusieron a regatear. Harry espiaba poniéndose cada vez más nervioso
conforme Draco se acercaba a su escondite, curioseando los objetos que
estaban a la venta. Se detuvo a examinar un rollo grande de cuerda de
ahorcado y luego leyó, sonriendo, la tarjeta que estaba apoyada contra un
magnífico collar de ópalos:
Cuidado: no tocar Collar embrujado.
Hasta la fecha se ha cobrado las vidas de diecinueve muggles que lo
poseyeron.
Draco se volvió y reparó en el armario. Se dirigió hacia él, alargó la mano
para coger la manilla...
--De acuerdo --dijo el señor Malfoy en el mostrador--. ¡Vamos, Draco!
Cuando Draco se volvió, Harry se secó el sudor de la frente con la manga.
--Que tenga un buen día, señor Borgin. Le espero en mi mansión mañana
para recoger las cosas.
En cuanto se cerró la puerta, el señor Borgin abandonó sus modales
afectados.
--Quédese los buenos días, señor Malfoy, y si es cierto lo que cuentan,
usted no me ha vendido ni la mitad de lo que tiene oculto en su mansión.
Y se metió en la trastienda mascullando. Harry aguardó un minuto por si
volvía, y luego, con el máximo sigilo, salió del armario y, pasando por delante
de las estanterías de cristal, se fue de la tienda por la puerta delantera.
Sujetándose delante de la cara las gafas rotas, miró en torno. Había salido
a un lúgubre callejón que parecía estar lleno de tiendas dedicadas a las artes
oscuras. La que acababa de abandonar, Borgin y Burkes, parecía la más
grande, pero enfrente había un horroroso escaparate con cabezas reducidas y,
dos puertas más abajo, tenían expuesta en la calle una jaula plagada de
arañas negras gigantes. Dos brujos de aspecto miserable lo miraban desde el
umbral y murmuraban algo entre ellos. Harry se apartó asustado, procurando
sujetarse bien las gafas y salir de allí lo antes posible.
Un letrero viejo de madera que colgaba en la calle sobre una tienda en la
que vendían velas envenenadas, le indicó que estaba en el callejón Knockturn.
Esto no le podía servir de gran ayuda, dado que Harry no había oído nunca el
nombre de aquel callejón. Con la boca llena de cenizas, no debía de haber
pronunciado claramente las palabras al salir de la chimenea de los Weasley.
Intentó tranquilizarse y pensar qué debía hacer.
--¿No estarás perdido, cariño? --le dijo una voz al oído, haciéndole dar un
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