Se oyó un fuerte golpe, y el señor Malfoy cayó de espaldas. Bajó las
escaleras de tres en tres y aterrizó hecho una masa de arrugas. Se levantó,
lívido, y sacó la varita, pero Dobby le levantó un dedo amenazador.

--Usted se va a ir ahora --dijo con fiereza, señalando al señor Malfoy--.
Usted no tocará a Harry Potter. Váyase ahora mismo.

Lucius Malfoy no tuvo elección. Dirigiéndoles una última mirada de odio, se
cubrió por completo con la capa y salió apresuradamente.

--¡Harry Potter ha liberado a Dobby! --chilló el elfo, mirando a Harry. La
luz de la luna se reflejaba, a través de una ventana cercana, en sus ojos
esféricos--. ¡Harry Potter ha liberado a Dobby!

--Es lo menos que podía hacer, Dobby --dijo Harry, sonriendo--. Pero
prométame que no volverá a intentar salvarme la vida.

Una sonrisa amplia, con todos los dientes a la vista, cruzó la fea cara
cetrina del elfo.

--Sólo tengo una pregunta, Dobby --dijo Harry, mientras Dobby se ponía
el calcetín de Harry con manos temblorosas--. Usted me dijo que esto no tenía
nada que ver con El-que-no-debe-ser-nombrado, ¿recuerda? Bueno...

--Era una pista, señor --dijo Dobby, con los ojos muy abiertos, como si
resultara obvio--. Dobby le daba una pista. Antes de que cambiara de nombre,
el Señor Tenebroso podía ser nombrado tranquilamente, ¿se da cuenta?

--Bien --dijo Harry con voz débil--. Será mejor que me vaya. Hay un
banquete, y mi amiga Hermione ya estará recobrada...

Dobby le echó los brazos a Harry en la cintura y lo abrazó con fuerza.

--¡Harry Potter es mucho más grande de lo que Dobby suponía! --
sollozó--. ¡Adiós, Harry Potter!

Y dando un sonoro chasquido, Dobby desapareció.




Harry había estado presente en varios banquetes de Hogwarts, pero en
ninguno como aquél. Todos iban en pijama, y la celebración duró toda la
noche. Harry no sabía si lo mejor había sido cuando Hermione corrió hacia él
gritando: «¡Lo has conseguido! ¡Lo has conseguido!»; o cuando Justin se le-
vantó de la mesa de Hufflepuff y se le acercó veloz para estrecharle la mano y
disculparse infinitamente por haber sospechado de él; o cuando Hagrid llegó, a
las tres y media, y dio a Harry y a Ron unas palmadas tan fuertes en los hom-
bros que los tiró contra el postre; o cuando dieron a Gryffindor los cuatrocientos
puntos ganados por él y Ron, con lo que se aseguraron la copa de las casas
por segundo año consecutivo; o cuando la profesora McGonagall se levantó


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