--Esto..., no --contestó Ron--, esta noche tenía que trabajar. Espero que
podamos dejarlo en el garaje sin que nuestra madre se dé cuenta de que nos lo
hemos llevado.

--¿Qué hace vuestro padre en el Ministerio de Magia?

--Trabaja en el departamento más aburrido --contestó Ron--: el
Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles.

--¿El qué?

--Se trata de cosas que han sido fabricadas por los muggles pero que
alguien las encanta, y que terminan de nuevo en una casa o una tienda
muggle. Por ejemplo, el año pasado murió una bruja vieja, y vendieron su juego
de té a un anticuario. Una mujer muggle lo compró, se lo llevó a su casa e
intentó servir el té a sus amigos. Fue una pesadilla. Nuestro padre tuvo que
trabajar horas extras durante varías semanas.

--¿Qué ocurrió?

--Pues que la tetera se volvió loca y arrojó un chorro de té hirviendo por
toda la sala, y un hombre terminó en el hospital con las tenacillas para coger
los terrones de azúcar aferradas a la nariz. Nuestro padre estaba desesperado,
en el departamento solamente están él y un viejo brujo llamado Perkins, y
tuvieron que hacer encantamientos para borrarles la memoria y otros trucos
para que no se acordaran de nada.

--Pero vuestro padre..., este coche...

Fred se rió.

--Sí, le vuelve loco todo lo que tiene que ver con los muggles, tenemos el
cobertizo lleno de chismes muggles. Los coge, los hechiza y los vuelve a poner
en su sitio. Si viniera a inspeccionar a casa, tendría que arrestarse a sí mismo.
A nuestra madre la saca de quicio.

--Ahí está la carretera principal --dijo George, mirando hacia abajo a
través del parabrisas--. Llegaremos dentro de diez minutos... Menos mal,
porque se está haciendo de día.

Un tenue resplandor sonrosado aparecía en el horizonte, al este.

Fred dejó que el coche fuera perdiendo altura, y Harry vio a la escasa luz
del amanecer el mosaico que formaban los campos y los grupos de árboles.

--Vivimos un poco apartados del pueblo --explicó George--. En Ottery
Saint Catchpole.

El coche volador descendía más y más. Entre los árboles destellaba ya el
borde de un sol rojo y brillante.

--¡Aterrizamos! --exclamó Fred cuando, con una ligera sacudida, tomaron


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