--Escucha --dijo Harry con impaciencia. Las rodillas se le doblaban bajo el
peso muerto de Ginny--. ¡Tenemos que huir! Si aparece el basilisco...
--No vendrá si no es llamado --dijo Ryddle con toda tranquilidad.
Harry volvió a posar a Ginny en el suelo, incapaz de sostenerla.
--¿Qué quieres decir? --preguntó--. Mira, dame la varita, podría
necesitarla.
La sonrisa de Ryddle se hizo más evidente.
--No la necesitarás --repuso.
Harry lo miró.
--¿A qué te refieres, yo no...?
--He esperado este momento durante mucho tiempo, Harry Potter --dijo
Ryddle--. Quería verte. Y hablarte.
--Mira --dijo Harry, perdiendo la paciencia--, me parece que no lo has
entendido: estamos en la Cámara de los Secretos. Ya tendremos tiempo de
hablar luego.
--Vamos a hablar ahora --dijo Ryddle, sin dejar de sonreír, y se guardó en
el bolsillo la varita de Harry.
Harry lo miró. Allí sucedía algo muy raro.
--¿Cómo ha llegado Ginny a este estado? --preguntó, hablando despacio.
--Bueno, ésa es una cuestión interesante --dijo Ryddle, con agrado--. Es
una larga historia. Supongo que el verdadero motivo por el que Ginny está así
es que le abrió el corazón y le reveló todos sus secretos a un extraño invisible.
--¿De qué hablas? --dijo Harry.
--Del diario --respondió Ryddle--. De mi diario. La pequeña Ginny ha
estado escribiendo en él durante muchos meses, contándome todas sus penas
y congojas: que sus hermanos se burlaban de ella, que tenía que venir al
colegio con túnica y libros de segunda mano, que... --A Ryddle le brillaron los
ojos--... pensaba que el famoso, el bueno, el gran Harry Potter no llegaría
nunca a quererla...
Mientras hablaba, Ryddle mantenía los ojos fijos en Harry. Había en ellos
una mirada casi ávida.
--Es una lata tener que oír las tonterías de una niña de once años --
siguió--. Pero me armé de paciencia. Le contesté por escrito. Fui comprensivo,
fui bondadoso. Ginny, simplemente, me adoraba: Nadie me ha comprendido
nunca como tú, Tom... Estoy tan contenta de poder confiar en este diario... Es
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