--¿Estás bien?

Ron miraba fijamente hacia delante, incapaz de hablar. Se abrieron camino
a través de la maleza, con Fang aullando sonoramente en el asiento de atrás.
Harry vio cómo al rozar un árbol arrancaba de cuajo el retrovisor exterior.
Después de diez minutos de ruido y tambaleo, el bosque se aclaró y Harry vio
de nuevo algunos trozos de cielo.

El coche frenó tan bruscamente que casi salen por el parabrisas. Habían
llegado al final del bosque. Fang se abalanzó contra la ventanilla en su
impaciencia por salir, y cuando Harry le abrió la puerta, corrió por entre los
árboles, con la cola entre las piernas, hasta la cabaña de Hagrid. Harry también
salió y, al cabo de un rato, Ron lo siguió, recuperado ya el movimiento en sus
miembros, pero aún con el cuello rígido y los ojos fijos. Harry dio al coche una
palmada de agradecimiento, y éste volvió a internarse en el bosque y
desapareció de la vista.

Harry entró en la cabaña de Hagrid a recoger la capa invisible. Fang se
había acurrucado en su cesta, temblando debajo de la manta. Cuando Harry
volvió a salir, vio a Ron vomitando en el bancal de las calabazas.

--Seguid a las arañas --dijo Ron sin fuerzas, limpiándose la boca con la
manga--. Nunca perdonaré a Hagrid. Estamos vivos de milagro.

--Apuesto a que no pensaba que Aragog pudiera hacer daño a sus amigos
--dijo Harry.

--¡Ése es exactamente el problema de Hagrid! --dijo Ron, aporreando la
pared de la cabaña--. ¡Siempre se cree que los monstruos no son tan malos
como parecen, y mira adónde lo ha llevado esa creencia: a una celda en
Azkaban!

--No podía dejar de temblar--. ¿Qué pretendía enviándonos allá? Me
gustaría saber qué es lo que hemos averiguado.

--Que Hagrid no abrió nunca la Cámara de los Secretos --contestó Harry,
echando la capa sobre Ron y empujándole por el brazo para hacerle andar--.
Es inocente.

Ron dio un fuerte resoplido. Evidentemente, criar a Aragog en un armario
no era su idea de la inocencia.

Al aproximarse al castillo, Harry enderezó la capa para asegurarse de que
no se les veían los pies, luego empujó despacio la puerta principal, para que no
chirriara, sólo hasta dejarla entreabierta. Cruzaron con cuidado el vestíbulo y
subieron la escalera de mármol, conteniendo la respiración al encontrarse con
los centinelas que vigilaban los corredores. Por fin llegaron a la sala común de
Gryffindor, donde el fuego se había convertido en cenizas y unas pocas brasas.
Al hallarse en lugar seguro, se desprendieron de la capa y ascendieron por la
escalera circular hasta el dormitorio.

Ron cayó en la cama sin preocuparse de desvestirse. Harry, por el


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