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La Madriguera




--¡Ron! --exclamó Harry, encaramándose a la ventana y abriéndola para
poder hablar con él a través de la reja--. Ron, ¿cómo has logrado...? ¿Qué...?

Harry se quedó boquiabierto al darse cuenta de lo que veía. Ron sacaba la
cabeza por la ventanilla trasera de un viejo coche de color azul turquesa que
estaba detenido ¡ni más ni menos que en el aire! Sonriendo a Harry desde los
asientos delanteros, estaban Fred y George, los hermanos gemelos de Ron,
que eran mayores que él.

--¿Todo bien, Harry?

--¿Qué ha pasado? --preguntó Ron--. ¿Por qué no has contestado a mis
cartas? Te he pedido unas doce veces que vinieras a mi casa a pasar unos
días, y luego mi padre vino un día diciendo que te habían enviado un
apercibimiento oficial por utilizar la magia delante de los muggles.

--No fui yo. Pero ¿cómo se enteró?

--Trabaja en el Ministerio --contestó Ron--. Sabes que no podemos hacer
ningún conjuro fuera del colegio.

--¡Tiene gracia que tú me lo digas! --repuso Harry, echando un vistazo al
coche flotante.

--¡Esto no cuenta! --explicó Ron--. Sólo lo hemos cogido prestado. Es de
mi padre, nosotros no lo hemos encantado. Pero hacer magia delante de esos
muggles con los que vives...

--No he sido yo, ya te lo he dicho..., pero es demasiado largo para
explicarlo ahora. Mira, puedes decir en Hogwarts que los Dursley me tienen
encerrado y que no podré volver al colegio, y está claro que no puedo utilizar la
magia para escapar de aquí, porque el ministro pensaría que es la segunda vez
que utilizo conjuros en tres días, de forma que...

--Deja de decir tonterías --dijo Ron--. Hemos venido para llevarte a casa
con nosotros.


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