Al cabo de tres días, no había indicios de que los Dursley se hubieran apiadado
de él, y Harry no encontraba la manera de escapar de su situación. Pasaba el
tiempo tumbado en la cama, viendo ponerse el sol tras la reja de la ventana y
preguntándose entristecido qué sería de él.

¿De qué le serviría utilizar sus poderes mágicos para escapar de la
habitación, si luego lo expulsaban de Hogwarts por hacerlo? Por otro lado, la
vida en Privet Drive nunca había sido tan penosa. Ahora que los Dursley
sabían que no se iban a despertar por la mañana convertidos en murciélagos,
había perdido su única defensa. Tal vez Dobby lo había salvado de los
horribles sucesos que tendrían lugar en Hogwarts, pero tal como estaban las
cosas lo mas probable era que muriese de inanición

Se abrió la gatera y apareció la mano de tía Petunia, que introdujo en la
habitación un cuenco de sopa de lata. Harry, a quien las tripas le dolían de
hambre, saltó de la cama y se abalanzó sobre el cuenco. La sopa estaba
completamente fría, pero se bebió la mitad de un trago. Luego se fue hasta la
jaula de Hedwig y le puso en el comedero vacío los trozos de verdura
embebidos del caldo que quedaban en el fondo del cuenco. La lechuza erizó
las plumas y lo miró con expresión de asco intenso.

--No debes despreciarlo, es todo lo que tenemos --dijo Harry con tristeza.

Volvió a dejar el cuenco vacío en el suelo, junto a la gatera, y se echó otra
vez en la cama, casi con más hambre que la que tenía antes de tomarse la
sopa.

Suponiendo que siguiera vivo cuatro semanas más tarde, ¿qué sucedería
si no se presentaba en Hogwarts? ¿Enviarían a alguien a averiguar por qué no
había vuelto? ¿Podrían conseguir que los Dursley lo dejaran ir?

La habitación estaba cada vez más oscura. Exhausto, con las tripas
rugiéndole y el cerebro dando vueltas a aquellas preguntas sin respuesta,
Harry concilió un sueño agitado.

Soñó que lo exhibían en un zoo, dentro de una jaula con un letrero que
decía «Mago menor de edad». Por entre los barrotes, la gente lo miraba con
ojos asombrados mientras él yacía, débil y hambriento, sobre un jergón. Entre
la multitud veía el rostro de Dobby y le pedía ayuda a voces, pero Dobby se
excusaba diciendo: «Harry Potter está seguro en este lugar, señor», y
desaparecía. Luego llegaban los Dursley, y Dudley repiqueteaba los barrotes
de la jaula, riéndose de él.

--¡Para! --dijo Harry, sintiendo el golpeteo en su dolorida cabeza--.
Déjame en paz... Basta ya..., estoy intentando dormir...

Abrió los ojos. La luz de la luna brillaba por entre los barrotes de la
ventana. Y alguien, con los ojos muy abiertos, lo miraba tras la reja: alguien con
la cara llena de pecas, el pelo cobrizo y la nariz larga.

Ron Weasley estaba afuera en la ventana.



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