--Supongo que habrán estado... ¡Un momento! --dijo Harry, frunciendo el
entrecejo--. ¿Cómo sabe usted que mis amigos no me han escrito?
Dobby cambió los pies de posición.
--Harry Potter no debe enfadarse con Dobby. Dobby pensó que era lo
mejor...
--¿Ha interceptado usted mis cartas?
--Dobby las tiene aquí, señor --dijo el elfo, y escapando ágilmente del
alcance de Harry, extrajo un grueso fajo de sobres del almohadón que llevaba
puesto. Harry pudo distinguir la esmerada caligrafía de Hermione, los
irregulares trazos de Ron, y hasta un garabato que parecía salido de la mano
de Hagrid, el guardabosques de Hogwarts.
Dobby, inquieto, miró a Harry y parpadeó.
--Harry Potter no debe enfadarse... Dobby pensaba... que si Harry Potter
creía que sus amigos lo habían olvidado... Harry Potter no querría volver al
colegio, señor.
Harry no escuchaba. Se abalanzó sobre las cartas, pero Dobby lo esquivó.
--Harry Potter las tendrá, señor, si le da a Dobby su palabra de que no
volverá a Hogwarts. ¡Señor, es un riesgo que no debe afrontar! ¡Dígame que no
irá, señor!
--¡Iré! --dijo Harry enojado--. ¡Déme las cartas de mis amigos!
--Entonces, Harry Potter no le deja a Dobby otra opción --dijo apenado el
elfo.
Antes de que Harry pudiera hacer algún movimiento, Dobby se había
lanzado como una flecha hacia la puerta del dormitorio, la había abierto y había
bajado las escaleras corriendo.
Con la boca seca y el corazón en un puño, Harry salió detrás de él,
intentando no hacer ruido. Saltó los últimos seis escalones, cayó como un gato
sobre la alfombra del recibidor y buscó a Dobby. Del comedor venía la voz de
tío Vernon que decía:
--... señor Mason, cuéntele a Petunia aquella divertida anécdota de los
fontaneros americanos, se muere de ganas de oírla...
Harry cruzó el vestíbulo, y al llegar a la cocina, sintió que se le venía el
mundo encima.
El pudín magistral de tía Petunia, el montículo de nata y violetas de azúcar,
flotaba cerca del techo. Dobby estaba en cuclillas sobre el armario que había
en un rincón.
14
|
|