--Y por último, observadores de pájaros de todas partes han informado de
que hoy las lechuzas de la nación han tenido una conducta poco habitual. Pese
a que las lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas
a la luz del día, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas
aves en todas direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces
de explicar la causa por la que las lechuzas han cambiado sus horarios de
sueño. --El locutor se permitió una mueca irónica--. Muy misterioso. Y ahora,
de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo. ¿Habrá más lluvias de
lechuzas esta noche, Jim?

--Bueno, Ted --dijo el meteorólogo--, eso no lo sé, pero no sólo las
lechuzas han tenido hoy una actitud extraña. Telespectadores de lugares tan
apartados como Kent, Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que
en lugar de la lluvia que prometí ayer ¡tuvieron un chaparrón de estrellas
fugaces! Tal vez la gente ha comenzado a celebrar antes de tiempo la Noche
de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señores! Pero puedo prometerles
una noche lluviosa.

El señor Dursley se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por
toda Gran Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y aquel rumor, aquel
cuchicheo sobre los Potter...

La señora Dursley entró en el comedor con dos tazas de té. Aquello no iba
bien. Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con
nerviosismo.

--Eh... Petunia, querida, ¿has sabido últimamente algo sobre tu hermana?

Como había esperado, la señora Dursley pareció molesta y enfadada.
Después de todo, normalmente ellos fingían que ella no tenía hermana.

--No --respondió en tono cortante--. ¿Por qué?

--Hay cosas muy extrañas en las noticias --masculló el señor Dursley--.
Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy había en la ciudad una cantidad de gente
con aspecto raro...

--¿Y qué? --interrumpió bruscamente la señora Dursley

--Bueno, pensé... quizá... que podría tener algo que ver con... ya sabes...
su grupo.

La señora Dursley bebió su té con los labios fruncidos. El señor Dursley se
preguntó si se atrevería a decirle que había oído el apellido «Potter». No, no se
atrevería. En lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado:

--El hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudley, ¿no?

--Eso creo --respondió la señora Dursley con rigidez.

--¿Y cómo se llamaba? Howard, ¿no?



5

5