Al llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro: un
gato estaba mirando un plano de la ciudad. Durante un segundo, el señor
Dursley no se dio cuenta de lo que había visto, pero luego volvió la cabeza
para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en la esquina de Privet Drive,
pero no vio ningún plano. ¿En qué había estado pensando? Debía de haber
sido una ilusión óptica. El señor Dursley parpadeó y contempló al gato. Éste le
devolvió la mirada. Mientras el señor Dursley daba la vuelta a la esquina y
subía por la calle, observó al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el
felino estaba leyendo el rótulo que decía «Privet Drive» (no podía ser, los gatos
no saben leer los rótulos ni los planos). El señor Dursley meneó la cabeza y
alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la ciudad en coche no pensó
más que en los pedidos de taladros que esperaba conseguir aquel día.

Pero en las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente.
Mientras esperaba en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de
advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con
capa. El señor Dursley no soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula. ¡Ah,
los conjuntos que llevaban los jóvenes! Supuso que debía de ser una moda
nueva. Tamborileó con los dedos sobre el volante y su mirada se posó en unos
extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban entre sí, muy excitados. El
señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que dos de los desconocidos no
eran jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa verde
esmeralda! ¡Qué valor! Pero entonces se le ocurrió que debía de ser alguna
tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía una colecta para
algo. Sí, tenía que ser eso. El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el
señor Dursley llegó al aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en
los taladros.

El señor Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su
oficina del noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, aquella mañana le habría
costado concentrarse en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno
día, aunque en la calle sí que las veían y las señalaban con la boca abierta,
mientras las aves desfilaban una tras otra. La mayoría de aquellas personas no
había visto una lechuza ni siquiera de noche. Sin embargo, el señor Dursley
tuvo una mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas.
Hizo llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar. Estuvo de muy buen
humor hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas y dirigirse
a la panadería que estaba en la acera de enfrente.

Había olvidado a la gente con capa hasta que pasó cerca de un grupo que
estaba al lado de la panadería. Al pasar los miró enfadado. No sabía por qué,
pero le ponían nervioso. Aquel grupo también susurraba con agitación y no
llevaba ni una hucha. Cuando regresaba con un donut gigante en una bolsa de
papel, alcanzó a oír unas pocas palabras de su conversación.

--Los Potter, eso es, eso es lo que he oído...

--Sí, su hijo, Harry...

El señor Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia
los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo.


3

3