cicatriz». Dudley se rió como un tonto, burlándose de Harry, que pasó la noche
sin dormir imaginando lo que pasaría en el colegio al día siguiente, donde ya se
reían de su ropa holgada y sus gafas remendadas. Sin embargo, a la mañana
siguiente, descubrió al levantarse que su pelo estaba exactamente igual que
antes de que su tía lo cortara. Como castigo, lo encerraron en la alacena
durante una semana, aunque intentó decirles que no podía explicar cómo le
había crecido tan deprisa el pelo.

Otra vez, tía Petunia había tratado de meterlo dentro de un repugnante
jersey viejo de Dudley (marrón, con manchas anaranjadas). Cuanto más
intentaba pasárselo por la cabeza, más pequeña se volvía la prenda, hasta que
finalmente le habría sentado como un guante a una muñeca, pero no a Harry.
Tía Petunia creyó que debía de haberse encogido al lavarlo y, para su gran
alivio, Harry no fue castigado.

Por otra parte, había tenido un problema terrible cuando lo encontraron en
el techo de la cocina del colegio. El grupo de Dudley lo perseguía como de
costumbre cuando, tanto para sorpresa de Harry como de los demás, se
encontró sentado en la chimenea. Los Dursley recibieron una carta ame-
nazadora de la directora del colegio, diciéndoles que Harry andaba trepando
por los techos del colegio. Pero lo único que trataba de hacer (como le gritó a
tío Vernon a través de la puerta cerrada de la alacena) fue saltar los grandes
cubos que estaban detrás de la puerta de la cocina. Harry suponía que el
viento lo había levantado en medio de su salto.

Pero aquel día nada iba a salir mal. Incluso estaba bien pasar el día con
Dudley y Piers si eso significaba no tener que estar en el colegio, en su
alacena, o en el salón de la señora Figg, con su olor a repollo.

Mientras conducía, tío Vernon se quejaba a tía Petunia. Le gustaba
quejarse de muchas cosas. Harry, el ayuntamiento, Harry, el banco y Harry
eran algunos de sus temas favoritos. Aquella mañana le tocó a los motoristas.

--... haciendo ruido como locos esos gamberros --dijo, mientras una moto
los adelantaba.

--Tuve un sueño sobre una moto --dijo Harry recordando de pronto--.
Estaba volando.

Tío Vernon casi chocó con el coche que iba delante del suyo. Se dio la
vuelta en el asiento y gritó a Harry:

--¡LAS MOTOS NO VUELAN!

Su rostro era como una gigantesca remolacha con bigotes.

Dudley y Piers se rieron disimuladamente.

--Ya sé que no lo hacen --dijo Harry--. Fue sólo un sueño.

Pero deseó no haber dicho nada. Si había algo que desagradaba a los
Dursley aún más que las preguntas que Harry hacía, era que hablara de


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