Hagrid se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la
moto y le dio una patada a la palanca para poner el motor en marcha. Con un
estrépito se elevó en el aire y desapareció en la noche.
--Nos veremos pronto, espero, profesora McGonagall --dijo Dumbledore,
saludándola con una inclinación de cabeza. La profesora McGonagall se sonó
la nariz por toda respuesta.
Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la esquina y
levantó el Apagador de plata. Lo hizo funcionar una vez y todas las luces de la
calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un resplandor
anaranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina,
en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de las
escaleras de la casa número 4.
--Buena suerte, Harry --murmuró. Dio media vuelta y, con un movimiento
de su capa, desapareció.
Una brisa agitó los pulcros setos de Privet Drive. La calle permanecía
silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno
esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Harry Potter se dio la vuelta entre
las mantas, sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y
siguió durmiendo, sin saber que era famoso, sin saber que en unas pocas
horas le haría despertar el grito de la señora Dursley, cuando abriera la puerta
principal para sacar las botellas de leche. Ni que iba a pasar las próximas
semanas pinchado y pellizcado por su primo Dudley.. No podía saber tampoco
que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por
todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: «¡Por
Harry Potter... el niño que vivió!».
2
El vidrio que se desvaneció
Habían pasado aproximadamente diez años desde el día en que los Dursley se
despertaron y encontraron a su sobrino en la puerta de entrada, pero Privet
Drive no había cambiado en absoluto. El sol se elevaba en los mismos
jardincitos, iluminaba el número 4 de latón sobre la puerta de los Dursley y
avanzaba en su salón, que era casi exactamente el mismo que aquél donde el
señor Dursley había oído las ominosas noticias sobre las lechuzas, una noche
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