el teatro de su nación a fines del mismo siglo.

No había recibido en su educación, como ya se ha dicho, una
instrucción capaz de conducirle por la carrera que emprendió; y los
ejemplos que veía en su patria, lejos de formarle el gusto, podían solo
contribuir a corrompérsele.
Italia era la única nación que en aquel tiempo tuviese piezas
dramáticas escritas con arte, habiéndose introducido allí por la
imitación de las obras célebres, que nos dejó la antigüedad. En España
comenzaba entonces el teatro a deponer su original rudeza. Lope de
Vega contemporáneo de Shakespeare, con más estudio que el Poeta
inglés, menos filosofía, igual talento, fácil y abundante vena, en que no
tuvo semejante, enriquecía la escena nacional, dando a sus fábulas
enredo, viveza, interés y aparato; abriendo el paso a los que le siguieron
después, y fijando en el teatro español aquel carácter que le ha
distinguido entre los demás de Europa.

Pero en Inglaterra se ignoraba el mérito respectivo de los italianos y
españoles, y por lo que hace al teatro francés, ¿qué podría adelantar
ninguno con la lectura de sus dramas groseros e insípidos? Chocquet,
Greban, Jodelle, Garnier, Chretien y otros de esta clase, ¿qué podían
enseñar a Shakespeare, aun cuando hubiera querido estudiarlos? Así
fue, que careciendo de principios y ejemplos, sin otra lectura que la de
la Historia nacional, algunas traducciones de autores latinos y algunas
novelas; sin más objeto que el de dar a su compañía piezas nuevas, sin
otro maestro, ni otros auxilios que los de su extraordinario talento,
comenzó a escribir, y apenas se vieron sus obras en el teatro, cuando, a
pesar de los muchos defectos de ellas, su interés y el aplauso del
público le estimularon a seguir adelante.

Y ¿cómo era posible que no incurriese en descuidos los más
absurdos un escritor que ignoraba absolutamente el arte? Con paz sea
dicho de aquella nación que enamorada de las muchas bellezas de este
autor, no sufre tal vez en el entusiasmo de su pasión que la crítica
imparcial le examine y rebaje mucho de los elogios que a manos llenas
le prodigan sus panegiristas.

Shakespeare no supo componer una buena fábula dramática; obra
difícil, por cierto, en que nada se admite inútil, nada repetido, nada
inoportuno, donde se exige la más prudente economía en los personajes,
en las situaciones, en los ornatos y episodios. Trama urdida sin

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