un hombre iracundo y poderoso, que a este nuevo agravio redobló sus
esfuerzos, imploró todo el rigor de las leyes y le persiguió con tal
empeño que al fin hubo de ceder como más débil, y no hallando
seguridad sino en la fuga, abandonó su patria, y su familia, y se fue a
Londres, solo, sin dinero, ni recomendaciones en aquella ciudad, ni
arrimo alguno.

En aquel tiempo no iban los caballeros encerrados en los coches
entre cristales y cortinas como hoy sucede; iban a caballo, y a la entrada
de los teatros, de las iglesias, de los tribunales, y en otros parajes
públicos, había muchos mozos que se encargaban de guardar las
caballerías a los que no llevaban consigo criados que se las cuidasen.
Tal fue la ocupación de Shakespeare en los primeros meses de su
residencia en Londres; se ponía a la puerta de un teatro y servía de
mozo de caballos a cuantos le llamaban, para adquirir algunos cuartos
con que poder cenar en un bodegón. ¿Quién, al verle en aquel estado
obscuro e infeliz, hubiera reconocido en él, el mejor Poeta Dramático de
su nación, el que había de excitar la admiración de los sabios, el que
había de merecer estatuas y templos?

La circunstancia de hallarse diariamente a la entrada del teatro, le
facilitó el conocimiento de algunos cómicos, que viendo en él mucha
viveza y buena disposición, se le hicieron amigos y en breve le
determinaron a salir a la escena para desempeñar algunos papeles
subalternos; pero no correspondieron los efectos a la esperanza que de
él se había concebido. Rara vez la naturaleza prodiga sus dones, y casi
nunca permite que un hombre sobresalga en dos facultades distintas;
que tal es la limitación del talento humano. Dícese únicamente que
Shakespeare desempeñaba muy bien el papel del muerto en la tragedia
de Hamlet, elogio que puede considerarse como una prueba de su corta
habilidad en la declamación.
Como quiera que sea, su admisión al teatro despertó en él una
inclinación decidida a la Poesía Dramática; le dio a conocer la mayor
parte de las piezas que entonces se representaban, las estudió, más que
como actor, como filósofo; examinó el gusto del público, y vio en la
práctica por cuales medios la Poesía escénica suspende, conmueve,
deleita los ánimos y domina con hechizo maravilloso en las opiniones y
los afectos de la multitud.

Hallábase entonces el teatro inglés en aquel estado de rudeza y
barbarie propio de una época tan inmediata a los siglos de ignorancia y

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