abatir el orgullo del moderno trágico francés, y vencerle con armas
auxiliares y extranjeras, sin detenerse mucho a considerar cuán poca
satisfacción debía resultarles de una victoria adquirida por tales medios.
Con estos antecedentes, no será difícil adivinar lo que hizo
Letourneur en su versión de Shakespeare. Reunió en un discurso
preliminar y en las notas y observaciones con que ilustró aquellas obras,
cuanto creyó ser favorable a su causa, repitiendo las opiniones de los
más apasionados críticos ingleses en elogio de su compatriota,
negándose voluntariamente a los buenos principios que dictaron la
razón y el arte y estableciendo una nueva Poética, por la cual, no sólo
quedan disculpados los extravíos de su idolatrado autor, sino que todos
ellos se erigen en preceptos recomendándolos como dignos de imitación
y aplauso.
En aquellos pasajes en que Shakespeare, felizmente sostenido de su
admirable ingenio, expresa con acierto las pasiones y defectos humanos,
describe y pinta los objetos de la naturaleza o reflexiona melancólico
con profunda y sólida filosofía, allí es fiel la traducción; pero en
aquellos en que se olvida de la fábula que finge, del fin que debió en
ella proponerse, de la situación en que pone a sus personajes, del
carácter que les dio, de lo que dijeron antes, de lo que debe suceder
después; y acalorado por una especie de frenesí, no hay desacierto en
que no tropiece y caiga; entonces el traductor francés le abandona y
nada omite para disimular su deformidad, suponiendo, alterando,
substituyendo ideas y palabras suyas a las que halló en el original;
resultando de aquí una traducción pérfida o por mejor decir, una obra
compuesta de pedazos suyos y ajenos, que en muchas partes no merece
el nombre de traducción.
Lejos, pues, de aprovecharse el traductor español de tales versiones,
las ha mirado, con la desconfianza que debía, y prescindiendo de ellas y
de las mal fundadas opiniones de los que han querido mejorar a
Shakespeare con el pretexto de interpretarle, ha formado su traducción
sobre el original mismo; coincidiendo por necesidad con los traductores
franceses, cuando los hallo exactos, y apartándose de ellos cuando no lo
son, como podrá conocerlo fácilmente cualquiera que se tome la
molestia de cotejarlos.
Esto es sólo cuanto quiere advertir acerca de su traducción. La vida
de Shakespeare y las notas que acompañan a la Tragedia, son obra suya,
y a excepción de una u otra especie que ha tomado de los comentadores
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