de los libros, las ideas e impresiones de lo pasado que la juventud y la
observación estamparon en ella. Tu precepto solo, sin mezcla de otra
cosa menos digna, vivirá escrito en el volumen de mi entendimiento. Sí,
por los cielos te lo juro... ¡Oh, mujer, la más delincuente! ¡Oh!
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¡Malvado! ¡Halagüeño y execrable malvado! Conviene que yo
(49)
apunte en este libro... Sí... Que un hombre puede halagar y
sonreírse y ser un malvado; a lo menos, estoy seguro de que en
Dinamarca hay un hombre así, y éste es mi tío... Sí, tú eres... ¡Ah! Pero
la expresión que debo conservar, es esta. Adiós, adiós, acuérdate de mí.
Yo he jurado acordarme.
HORACIO.- Señor, señor.
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MARCELO.- Hamlet .

HORACIO.- Los Cielos le asistan.

HAMLET.- ¡Oh! Háganlo así.

MARCELO.- ¡Hola! ¡Eh, señor!
HAMLET.- ¿Hola? amigos, ¡eh! Venid, venid acá.
(51)
MARCELO.- ¿Qué ha sucedido?

HORACIO.- ¿Qué noticias nos dais?
HAMLET.- ¡Oh! Maravillosas.

HORACIO.- Mi amado señor, decidlas.

HAMLET.- No, que lo revelaréis.
HORACIO.- No, yo os prometo que no haré tal.

MARCELO.- Ni yo tampoco.
HAMLET.- Creéis vosotros que pudiese haber cabido en el corazón
humano... Pero ¿guardaréis secreto?

LOS DOS.- Sí señor, yo os lo juro.

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