piezas del más celebrado trágico inglés, viendo que entre nosotros no se
tiene todavía la menor idea de los espectáculos dramáticos de aquella
nación, ni del mérito de sus autores. Otros, quizás, le seguirán en esta
empresa y fácilmente podrán obscurecer sus primeros ensayos; pero
entretanto no desconfía de que sus defectos hallarán alguna indulgencia
de parte de aquellos, en quienes se reúnan los conocimientos y el
estudio necesarios para juzgarle.
Ni halló tampoco en las traducciones que los extranjeros han hecho
de esta Tragedia, el auxilio que debió esperar. Mr. Laplace imprimió en
francés una traducción de las obras de Shakespeare, que a pesar de sus
defectos, no dejó de merecer aceptación; hasta que Mr. Letourneur
publicó la suya, que es sin duda muy superior a la primera. Este literato
poseía perfectamente el idioma inglés, y hallándose con toda la
inteligencia que era menester para entender el original, pudiera haber
hecho una traducción fiel y perfecta; pero no quiso hacerlo.
Había en su tiempo en Francia dos partidos muy poderosos, que
mantenían guerra literaria y dividían las opiniones de la multitud.
Voltaire apasionado del gran mérito de Racine, profesaba su escuela, se
esforzó cuanto pudo por imitarle, en las muchas obras que dio al teatro,
y este ilustre ejemplo arrastro a muchos Poetas, que se llamaron
Racinistas. El partido opuesto, aunque no tenía a su frente tan temible
caudillo, se componía no obstante de literatos de mucho mérito; que
prefiriendo lo natural a lo conveniente, lo maravilloso a lo posible, la
fortaleza a la hermosura, los raptos de la fantasía a los movimientos del
corazón, y el ingenio al arte; admirando los aciertos de Corneille, se
desentendían de sus errores e indicaban como segura y única la senda
por donde aquel insigne Poeta subió a la inmortalidad. Pero todos sus
esfuerzos fueron vanos. La multitud de papeles que diariamente se
esparcían por el público, ridiculizando la secta Racinista y apurando
para ello cuantas sutilezas sugiere el ingenio y cuantos medios buscan la
desesperación y la envidia; si por un momento excitaban la risa de los
lectores, caían después en obscuridad y desprecio, cuando aparecía en la
escena francesa la Fedra, la Ifigenia, el Bruto o el Mahomet. Entonces
se publicó la traducción de Letourneur; impresa por suscripción,
dedicada al Rey de Francia y sostenida por el partido numeroso de
aquellos a quienes la reputación de Voltaire atropellaba y ofendía.
Tratose, pues, de exaltar el mérito de Shakespeare y de presentarle a la
Europa culta como el único talento dramático digno de su admiración, y
capaz de disputar la corona a los Eurípides y Sófocles. Así pensaron
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