POLONIO.- En efecto es así, y yo quiero enseñártelo. Piensa bien
que eres una niña, que has recibido por verdadera paga esas ternuras
que no son moneda corriente. Estímate en más a ti propia; pues si te
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aprecias en menos de lo que vales (por seguir la comenzada
alusión) harás que pierda el entendimiento.
OFELIA.- Él me ha requerido de amores, es verdad; pero siempre
con una apariencia honesta, que...
POLONIO.- Sí, por cierto, apariencia puedes llamarla. ¿Y bien?
Prosigue.
OFELIA.- Y autorizó cuanto me decía con los más sagrados
juramentos.
POLONIO.- Sí, esas son redes para coger codornices. Yo sé muy
bien, cuando la sangre hierve, con cuanta prodigalidad presta el alma
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juramentos a la lengua; pero son relámpagos, hija mía, que dan más
luz que calor; estos y aquellos se apagan pronto y no debes tomarlos por
fuego verdadero, ni aun en el instante mismo en que parece que sus
promesas van a efectuarse. De hoy en adelante cuida de ser más avara
de tu presencia virginal; pon tu conversación a precio más alto, y no a la
primera insinuación admitas coloquios. Por lo que toca al Príncipe,
debes creer de él solamente que es un joven, y que si una vez afloja las
riendas pasará más allá de lo que tú le puedes permitir. En suma, Ofelia,
no creas sus palabras que son fementidas, ni es verdadero el color que
aparentan; son intercesoras de profanos deseos, y si parecen sagrados y
piadosos votos, es sólo para engañar mejor. Por último, te digo
claramente, que desde hoy no quiero que pierdas los momentos ociosos
en hablar, ni mantener conversación con el Príncipe. Cuidado con
hacerlo así: yo te lo mando. Vete a tu aposento.
OFELIA.- Así lo haré, señor.
Escena X
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