¡Oh! ¡Dios! ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Cuán fatigado ya de todo, juzgo molestos,
insípidos y vanos los placeres del mundo! Nada, nada quiero de él, es
un campo inculto y rudo, que sólo abunda en frutos groseros y amargos.
¡Que esto haya llegado a suceder a los dos meses que él ha muerto! No,
ni tanto, aún no ha dos meses. Aquel excelente Rey, que fue comparado
con este, como con un Sátiro, Hiperión; tan amante de mi madre, que ni
a los aires celestes permitía llegar atrevidos a su rostro. ¡Oh! ¡Cielo y
tierra! ¿Para qué conservo la memoria? Ella, que se le mostraba tan
amorosa como si en la posesión hubieran crecido sus deseos. Y no
obstante, en un mes... ¡Ah! no quisiera pensar en esto. ¡Fragilidad! ¡Tú
(25)
tienes nombre de mujer! En el corto espacio de un mes y aún antes
(26)
de romper los zapatos con que, semejante a Niobe, bañada en
lágrimas, acompañó el cuerpo de mi triste padre... Sí, ella, ella misma.
¡Cielos! Una fiera, incapaz de razón y discurso, hubiera mostrado
aflicción más durable. Se ha casado, en fin, con mi tío, hermano de mi
padre; pero no más parecido a él que yo lo soy a Hércules. En un mes...
enrojecidos aún los ojos con el pérfido llanto, se casó. ¡Ah!
¡Delincuente precipitación! ¡Ir a ocupar con tal diligencia un lecho
incestuoso! Ni esto es bueno, ni puede producir bien. Pero, hazte
pedazos corazón mío, que mi lengua debe reprimirse.




Escena VI



HAMLET, HORACIO, BERNARDO y MARCELO



HORACIO.- Buenos días, señor.

HAMLET.- Me alegro de verte bueno... ¿Es Horacio? O me he
olvidado de mí propio.

HORACIO.- El mismo soy, y siempre vuestro humilde criado.

HAMLET.- Mi buen amigo, yo quiero trocar contigo ese título que

27