hemos visto ya en dos ocasiones. Por eso le he rogado que se venga a la
guardia con nosotros, para que si esta noche vuelve el aparecido, pueda
dar crédito a nuestros ojos, y le hable si quiere.

HORACIO.- ¡Qué! No, no vendrá.

BERNARDO.- Sentémonos un rato, y deja que asaltemos de nuevo
tus oídos con el suceso que tanto repugnan oír y que en dos noches
seguidas hemos ya presenciado nosotros.

HORACIO.- Muy bien, sentémonos y oigamos lo que Bernardo nos
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cuente .

BERNARDO.- La noche pasada, cuando esa misma estrella que está
al occidente del polo había hecho ya su carrera, para iluminar aquel
espacio del cielo donde ahora resplandece, Marcelo y yo, a tiempo que
el reloj daba la una...
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MARCELO.- Chit. Calla, mírale por donde viene otra vez .

BERNARDO.- Con la misma figura que tenía el difunto Rey.

MARCELO.- Horacio, tú que eres hombre de estudios, háblale.

BERNARDO.- ¿No se parece todo al Rey? Mírale, Horacio.

HORACIO.- Muy parecido es... Su vista me conturba con miedo y
asombro.

BERNARDO.- Querrá que le hablen.
MARCELO.- Háblale, Horacio.
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HORACIO.- ¿Quién eres tú, que así usurpas este tiempo a la
noche, y esa presencia noble y guerrera que tuvo un día la majestad del
Soberano Danés, que yace en el sepulcro? Habla, por el Cielo te lo pido.
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MARCELO.- Parece que está irritado .

BERNARDO.- ¿Ves? Se va, como despreciándonos.
HORACIO.- Detente, habla. Yo te lo mando. Habla.

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