REGLA 2
Llame la atención sobre los errores de los demás indirectamente.
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HABLE PRIMERO DE SUS PROPIOS ERRORES
Mi sobrina, Josephine Carnegie, había venido a Nueva York para trabajar como secretaria mía. Tenía
19 años, se había recibido tres años antes en la escuela secundaria, y su experiencia de trabajo era
apenas superior a cero. Hoy es una de las más perfectas secretarias del mundo; pero en los comienzos
era... bueno, susceptible de mejorar. Un día en que empecé a criticarla, reflexioné: "Un minuto, Dale
Carnegie; espera un minuto. Eres dos veces mayor que Josephine. Has tenido diez mil veces más
experiencia que ella en estas cosas. ¿Cómo puedes esperar que ella tenga tus puntos de vista, tu juicio,
tu iniciativa, aunque sean mediocres? Y, otro minuto, Dale; ¿qué hacías tú a los 19 años? ¿No
recuerdas los errores de borrico, los disparates de tonto que hacías? ¿No recuerdas cuando hiciste
esto... y aquello...?"
Después de pensar un momento, honesta e imparcialmente llegué a la conclusión de que el
comportamiento de Josephine a los diecinueve años era mejor que el mío a la misma edad, y lamento
confesar que con ello no hacía un gran elogio a Josephine.
Desde entonces, cada vez que quería señalar un error a Josephine, solía comenzar diciendo: "Has
cometido un error, Josephine, pero bien sabe Dios que no es peor que muchos de los que he hecho. No
has nacido con juicio, como pasa con todos. El juicio llega con la experiencia, y eres mejor de lo que era
yo a tu edad. Yo he cometido tantas barrabasadas que me siento muy poco inclinado a censurarte.
Pero, ¿no te parece que habría sido mejor hacer esto de tal o cual manera?"
No es tan difícil escuchar una relación de los defectos propios si el que la hace empieza
admitiendo humildemente que también él está lejos de la perfección.
E. G. Dillistone, un ingeniero de Brandon, Manitoba, Canadá, tenía problemas con su nueva
secretaria. Las cartas que le dictaba llegaban a su escritorio para ser firmadas con dos o tres errores de
ortografía por página. El señor Dillistone nos contó cómo manejó el problema:
-Como muchos ingenieros, no me he destacado por la excelencia de mi redacción u ortografía.
Durante años he usado una pequeña libreta alfabetizada donde anotaba el modo correcto de escribir
ciertas palabras. Cuando se hizo evidente que el mero hecho de señalarle a mi secretaria sus errores
no la haría consultar más el diccionario, decidí proceder de otro modo. En la próxima carta donde vi
errores, fui a su escritorio y le dije:
"-No sé por qué, pero esta palabra no me parece bien escrita. Es una de esas palabras con las que
siempre he tenido problemas. Es por eso que confeccioné este pequeño diccionario casero. -Abrí la
libreta en la página correspondiente.- Sí, aquí está cómo se escribe. Yo tengo mucho cuidado con la
ortografía, porque la gente nos juzga por lo que escribimos, y un error de ortografía puede hacernos
parecer menos profesionales.
"No sé si habrá copiado mi sistema, pero desde esa conversación la frecuencia de sus errores
ortográflcos ha disminuido significativamente."
El culto príncipe Bernhard von Bülow aprendió la gran necesidad de proceder así, allá por 1909. Von
Bülow era entonces canciller imperial de Alemania, y el trono estaba ocupado por Guillermo II, Guillermo
el altanero, Guillermo el arrogante, Guillermo el último de los Káiseres de Alemania, empeñado en
construir una flota y un ejército que, se envanecía él, serían superiores a todos. Pero ocurrió una cosa
asombrosa. El Káiser pronunciaba frases, frases increíbles que conmovían al continente y daban origen
a una serie de explosiones cuyos estampidos se oían en el mundo entero. Lo que es peor, el Káiser
hacía estos anuncios tontos, egotistas, absurdos, en público; los hizo siendo huésped de Inglaterra, y
dio su permiso real para que se los publicara en el diario Daily Telegraph. Por ejemplo, declaró que era
el único alemán que tenía simpatía por los ingleses; que estaba construyendo una flota contra la
amenaza del Japón; que él, y sólo él, había salvado a Inglaterra de ser humillada en el polvo por Rusia
y Francia; que su plan de campaña había permitido a Lord Roberts vencer a los Bóers en Africa del Sur;
y así por el estilo.
En cien años, ningún rey europeo había pronunciado palabras tan asombrosas. El continente entero
zumbaba con la furia de un nido de avispas. Inglaterra estaba furiosa. Los estadistas alemanes,
asustados. Y en medio de esta consternación, el Káiser se asustó también y sugirió al príncipe von
Bülow, el canciller imperial, que asumiera la culpa. Sí, quería que von Bülow anunciara que la
responsabilidad era suya, que él había aconsejado al monarca decir tantas cosas increíbles.
-Pero Majestad -protestó von Bülow-, me parece imposible que una sola persona, en Alemania o
Inglaterra, me crea capaz de aconsejar a Vuestra Majestad que diga tales cosas.
En cuanto hubo pronunciado estas palabras comprendió que había cometido un grave error. El Káiser
se enfureció.
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