tan sedientas de que se les muestre aprecio, que tragan cualquier cosa, así como un hombre hambriento
puede comer hierbas y lombrices.
Hasta la Reina Victoria era susceptible a la adulación. El Primer Ministro Benjamín Disraeli confesó que
cuando trataba con la Reina empleaba abundantemente esa adulación. Pero Disraeli era uno de los hombres
más corteses, diestros y capaces que han gobernado jamás el extenso Imperio Británico. Era un genio. Lo que
para él daba resultados quizá no lo dé para usted o para mí. A la larga, la adulación hace más mal que bien. La
adulación es falsa y, como el dinero falso, nos pone eventualmente en aprietos si queremos hacerla circular.
La diferencia entre la apreciación y la adulación es muy sencilla. Una es sincera y la otra no. Una procede del
corazón; la otra sale de la boca. Una es altruista; la otra egoísta. Una despierta la admiración universal; la
otra es universalmente condenada.
Hace poco vi un busto del general Obregón en el palacio de Chapultepec, en México. Bajo el busto
están grabadas estas sabias palabras de la filosofía del general Obregón: "No temas a los enemigos
que te atacan. Teme a los amigos que te adulan".
¡No! ¡No! ¡No! ¿No recomiendo la adulación! Lejos de ello. Hablo de una nueva forma de vivir.
Permítaseme repetirlo. Hablo de una nueva forma de vivir.
El Rey Jorge V tenía un juego de seis máximas en las paredes de su estudio en el Palacio de
Buckingham. Una de esas máximas rezaba: "Enséñame a no hacer ni recibir elogios baratos". Eso es
la adulación: elogio barato. Una vez leí una definición de la adulación que vale la pena reproducir: "Adular
es decir a la otra persona lo que se piensa de uno mismo".
"Emplea el lenguaje que quieras -dijo Ralph Waldo Emerson- y nunca podrás expresar sino lo que
eres."
Si lo que debiéramos hacer fuera sólo emplear la adulación, el mundo entero aprendería a hacerlo en
seguida y todos seríamos peritos en relaciones humanas. Cuando no estamos dedicados a pensar acerca
de algún problema específico, solemos pasar el 95 por ciento de nuestro tiempo pensando en nosotros
mismos. Pero si dejamos de pensar en nosotros mismos por un rato y comenzamos a pensar en las
buenas cualidades del prójimo, no tendremos que recurrir a a adulación, tan barata y tan falsa que se la
l
conoce apenas sale de los labios. Una de las virtudes más descuidadas de nuestra existencia cotidiana es
la apreciación. De un modo u otro, descuidamos elogiar a nuestro hijo o hija cuando trae una buena nota
de la escuela, y rara vez alentamos a nuestros hijos cuando logran hornear una torta o construir una
casita para pájaros. Nada les agrada más a los niños que esta especie de interés y aprobación de sus
padres.
La próxima vez que usted disfrute de una buena cena en su club, mándele sus felicitaciones al chef, y
cuando un vendedor fatigado le muestre una cortesía inusual, no deje de agradecerla.
Todo sacerdote, conferencista u orador público sabe lo descorazonador que resulta entregarse a un
público y no recibir de éste ningún comentario apreciativo. Y lo que se aplica a profesionales se aplica
doblemente a obreros en oficinas, negocios y talleres, y entre nuestras familias y amigos. En nuestras
relaciones interpersonales nunca deberíamos olvidar que todos nuestros interlocutores son seres
humanos, y como tales hambrientos de apreciación. Es la ternura legal que disfrutan todas las almas.
Trate de dejar un rastro de pequeñas chispas de gratitud en sus jornadas. Le sorprenderá ver cómo
encienden pequeñas llamas de amistad que vuelven a brillar en su próxima visita.
Pamela Dunham, de New Fairfield, Connecticut, tenía entre las responsabilidades de su empleo la
supervisión de un peón de limpieza que estaba haciendo un trabajo muy deficiente. Los otros empleados
se burlaban de este joven, y descuidaban especialmente la limpieza de las instalaciones para demostrar
qué mal hacía su trabajo. Las cosas habían llegado a un punto en que había empezado a perderse tiempo
productivo.
Pamela probó varios modos de motivar a esta persona, sin éxito. Notó que en una ocasión hizo
especialmente bien su trabajo. Entonces lo elogió en presencia de otra gente. A partir de ahí el trabajo
empezó a mejorar, y muy pronto el joven cumplía eficientemente con sus tareas. Hoy día hace un
excelente trabajo, y recibe el aprecio y reconocimiento que merece. La apreciación honesta logró
resultados allí donde la crítica y el ridículo habían fallado.
Herir a la gente no sólo no la cambia, sino que es una tarea que nadie nos agradecerá. Hay un viejo
dicho que yo he escrito en una hoja y pegado en el espejo del baño, donde lo veo todos los días:
"Pasaré una sola vez por este camino; de modo que cualquier bien que pueda hacer o cualquier
cortesía que pueda tener para con cualquier ser humano, que sea ahora. No la dejaré para mañana,
ni la olvidaré, porque nunca más volveré a pasar por aquí."
Emerson dijo: "Todo hombre que conozco es superior a mí en algún sentido. En ese sentido,
aprendo de él".
Si así sucedía con Emerson, ¿no es probable que lo mismo sea cien veces más cierto en su caso, o en
el mío? Dejemos de pensar en nuestras realizaciones y nuestras necesidades. Tratemos de pensar en las
buenas cualidades de la otra persona. Olvidemos entonces la adulación. Demos prueba de una
apreciación honrada, sincera, de esas cualidades. Seamos "calurosos en la aprobación y generosos en el
elogio", y la gente acogerá con cariño nuestras palabras y las atesorará y las repetirá toda una vida, años
después de haberlas olvidado nosotros.

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