Ficciones
Jorge Luis Borges
taciturnamente... Lo recuerdo en el corredor del hotel, con un libro de matemáticas en la
mano, mirando a veces los colores irrecuperables del cielo. Una tarde, hablamos del
sistema duodecimal de numeración (en el que doce se escribe 10). Ashe dijo que
precisamente estaba trasladando no sé qué tablas duodecimales a sexagesimales (en las
que sesenta se escribe 10). Agregó que ese trabajo le había sido encargado por un
noruego: en Rio Grande do Sul. Ocho años que lo conocíamos y no había mencionado
nunca su estadía en esa región... Hablamos de vida pastoril, de capangas, de la
etimología brasilera de la palabra gaucho (que algunos viejos orientales todavía
pronuncian gaúcho) y nada más se dijo -Dios me perdone- de funciones duodecimales. En
septiembre de 1937 (no estábamos nosotros en el hotel) Herbert Ashe murió de la rotura
de un aneurisma. Días antes, había recibido del Brasil un paquete sellado y certificado.
Era un libro en octavo mayor. Ashe lo dejó en el bar, donde -meses después- lo encontré.
Me puse a hojearlo y sentí un vértigo asombrado y ligero que no describiré, porque ésta
no es la historia de mis emociones sino de Uqbar y Tlön y Orbis Tertius. En una noche del
Islam que se llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del
cielo y es más dulce el agua en los cántaros; si esas puertas se abrieran, no sentiría lo
que en esa tarde sentí. El libro estaba redactado en inglés y lo integraban 1001 páginas.
En el amarillo lomo de cuero leí estas curiosas palabras que la falsa carátula repetía: A
First Encyclopaedia of Tlön. Vol XI. Hlaer to jangr. No había indicación de fecha ni de
lugar. En la primera página y en una hoja de papel de seda que cubría una de las láminas
en colores había estampado un óvalo azul con esta inscripción: Orbis Tertius. Hacía dos
años que yo había descubierto en un tomo de cierta enciclopedia pirática una somera
descripción de un falso país; ahora me deparaba el azar algo más precioso y más arduo.
Ahora tenía en las manos un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta
desconocido, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el
rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros
y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica. Todo
ello articulado, coherente, sin visible propósito doctrinal o tono paródico.
En el onceno tomo de que hablo hay alusiones a tomos ulteriores y precedentes. Néstor
Ibarra, en un artículo ya clásico de la NRF, ha negado que existen esos aláteres; Ezequiel
Martínez Estrada y Drieu la Rochelle han refutado, quizá victoriosamente, esa duda. El
hecho es que hasta ahora las pesquisas más diligentes han sido estériles. En vano hemos
desordenado las bibliotecas de las dos Américas y de Europa. Alfonso Reyes, harto de
esas fatigas subalternas de índole policial, propone que entre todos acometamos la obra
de reconstruir los muchos y macizos tomos que faltan: ex ungue leonem. Calcula, entre
veras y burlas, que una generación de tlönistas puede bastar. Ese arriesgado cómputo
nos retrae al problema fundamental: ¿Quiénes inventaron a Tlön? El plural es inevitable,
porque la hipótesis de un solo inventor -de un infinito Leibniz obrando en la tiniebla y en
la modestia- ha sido descartada unánimemente. Se conjetura que este brave new world
es obra de una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de
metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de
geómetras... dirigidos por un oscuro hombre de genio. Abundan individuos que dominan
esas disciplinas diversas, pero no los capaces de invención y menos los capaces de
subordinar la invención a un riguroso plan sistemático. Ese plan es tan vasto que la
contribución de cada escritor es infinitesimal. Al principio se creyó que Tlön era un mero
caos, una irresponsable licencia de la imaginación; ahora se sabe que es un cosmos y las
íntimas leyes que lo rigen han sido formuladas, siquiera en modo provisional. Básteme
recordar que las contradicciones aparentes del onceno tomo son la piedra fundamental de
la prueba de que existen los otros: tan lúcido y tan justo es el orden que se ha observado
9
|
|