Ficciones
Jorge Luis Borges



lector) por la indicación alfabética. Comprobamos después que no hay otra diferencia
entre los volúmenes. Los dos (según creo haber indicado) son reimpresiones de la décima
Encyclopaedia Britannica. Bioy había adquirido su ejemplar en uno de tantos remates.
Leímos con algún cuidado el artículo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único
sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general de la obra y
(como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura
una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica,
sólo reconocimos tres -Jorasán, Armenia, Erzerum-, interpolados en el texto de un modo
ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado
más bien como una metáfora. La nota parecía precisar las fronteras de Uqbar, pero sus
nebulosos puntos de referencia eran ríos y cráteres y cadenas de esa misma región.
Leímos, verbigracia, que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la
frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso, al
principio de la página 918. En la sección histórica (página 920) supimos que a raíz de las
persecuciones religiosas del siglo XIII, los ortodoxos buscaron amparo en las islas, donde
perduran todavía sus obeliscos y donde no es raro exhumar sus espejos de piedra. La
sección «Idioma y literatura» era breve. Un solo rasgo memorable: anotaba que la
literatura de Uqbar era de carácter fantástico y que sus epopeyas y sus leyendas no se
referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön... La
bibliografía enumeraba cuatro volúmenes que no hemos encontrado hasta ahora, aunque
el tercero -Silas Haslam: Hystory of the Land Called Uqbar, 1874- figura en los catálogos
de librería de Bernard Quaritch1. El primero, Lesbare und lesenswerthe Bemerkungen
über das Land Ukkbar in Klein-Asien, data de 1641 y es obra de Johannes Valentinus
Andreä. El hecho es significativo; un par de años después, di con ese nombre en las
inesperadas páginas de De Quincey (Writings, decimotercer volumen) y supe que era el
de un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la imaginaria comunidad de
la Rosa-Cruz -que otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él.
Esta noche visitamos la Biblioteca Nacional. En vano fatigamos atlas, catálogos, anuarios
de sociedades geográficas, memorias de viajeros e historiadores: nadie había estado
nunca en Uqbar. El índice general de la enciclopedia de Bioy tampoco registraba ese
nombre. Al día siguiente, Carlos Mastronardi (a quien yo había referido el asunto) advirtió
en una librería de Corrientes y Talcahuano los negros y dorados lomos de la Anglo
American Cyclopaedia... Entró e interrogó el volumen XLVI. Naturalmente, no dio con el
menor indicio de Uqbar.


II

Algún recuerdo limitado y menguante de Herbert Ashe, ingeniero de los ferrocarriles del
Sur, persiste en el hotel de Adrogué, entre las efusivas madreselvas y en el fondo ilusorio
de los espejos. En vida padeció de irrealidad, como tantos ingleses; muerto, no es
siquiera el fantasma que ya era entonces. Era alto y desganado y su cansada barba
rectangular había sido roja. Entiendo que era viudo, sin hijos. Cada tantos años iba a
Inglaterra: a visitar (juzgo por unas fotografías que nos mostró) un reloj de sol y unos
robles. Mi padre había estrechado con él (el verbo es excesivo) una de esas amistades
inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo.
Solían ejercer un intercambio de libros y de periódicos; solían batirse al ajedrez,

1
Haslam ha publicado también A General History of Labyrinths.



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