Ficciones
Jorge Luis Borges
intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot, comprendiera que
es cuádruple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el Oeste, reclaman un cuarto
prodigio en el Sur; el Tetragrámaton -el Nombre de Dios, JHVH- consta de cuatro letras;
los arlequines y la muestra del pinturero sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto
pasaje en el manual de Leusden; ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el
día de ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de
cada mes. Yo mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted agregaría
el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el punto que prefija el
lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik Lönnrot, para
atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy.
Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos
turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza impersonal,
casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el grito inútil de un
pájaro. Lönnrot, consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y
periódicas.
-En su laberinto sobran tres líneas -dijo por fin-. Yo sé de un laberinto griego que es
una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede
perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o
cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un
tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos.
Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino.
Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.
-Para la otra vez que lo mate -replicó Scharlach- le prometo ese laberinto, que consta
de una sola línea recta y que es invisible, incesante.
Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.
1942
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