Ficciones
Jorge Luis Borges
El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato es
la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el
imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el
universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables
escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de
un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar
estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con
las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente
simétricas.
El segundo: «El número de símbolos ortográficos es veinticinco».1 Esa comprobación
permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver
satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza
informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del
circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas
desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero
laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe:
por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de
fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios
repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan
a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los
inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que
esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos,
no es del todo falaz.)
Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas
pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros
bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que
unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es
incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de
inalterable MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que
sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de
MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra
posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías;
universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la
formularon sus inventores.
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior2 dio con un libro tan confuso
como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a
un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le
dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto
samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el
contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con
repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera
la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por
diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las
1
El manuscrito original no contiene guarismos o mayúsculas. La puntuación ha sido limitada a la coma y al punto. Esos dos
signos, el espacio y las veintidós letras del alfabeto son los veinticinco símbolos suficientes que enumera el desconocido.
(Nota del Editor.)
2
Antes, por cada tres hexágonos había un hombre. El suicidio y las enfermedades pulmonares han destruido esa
proporción. Memoria de indecible melancolía: a veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin
hallar un solo bibliotecario.
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