FAUSTO


dolores violentamente repetidos, se estruja al pasar por la
angosta puerta de salvación; cuando en pleno día, desde
antes de las cuatro, anda a empellones y forcejeando hasta
que consigue ganar la taquilla, y lo mismo que en tiempo de
hambre para obtener pan a la puerta de la tahona, casi se
desnuca para lograr un billete. Un milagro tal, sólo el poeta
puede obrarlo en un público tan heterogéneo. ¡Oh! Hazlo
hoy, amigo mío.

EL POETA
¡Ah! No me hables de esa abigarrada turba, a cuyo
aspecto huye de nosotros la inspiración. Aparta de mi vista la
ondeante multitud, que a despecho nuestro nos arrastra al
remolino. No; llévame a aquel apacible rincón del cielo,
donde sólo para el poeta florecen los goces puros y donde el
amor y la amistad con mano divina hacen brotar y mantienen
la abundancia en nuestro corazón... ¡Ah! lo que surge allí del
fondo de nuestro pecho, lo que el labio balbucea tímido para
sí, ora con mala fortuna, ora acaso con acierto, desaparece
tragado por la fuerza del impetuoso momento. A menudo no
aparece la obra en su forma cabal sino con el transcurso de
los años. Lo que deslumbra vive un solo instante; lo que es
bueno de veras, permanece intacto para la posteridad.

EL GRACIOSO
¡Así no oyese hablar siquiera de la posteridad! Suponed
que yo quisiese ocuparme de ella: ¿quién divertiría entonces a
los coetáneos? También quieren ellos divertirse, y es menester

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