JOHAN WOLFGANG GOETHE


de su cuello, descansar en su pecho. Ha exclamado
"¡Margarita!" Estaba en el umbral de la puerta. En medio de
los alaridos y del crujir de dientes del infierno, entre las
feroces carcajadas diabólicas, he reconocido aquella voz
dulce y amorosa.

FAUSTO
¡Soy yo!

MARGARITA
¡Eres tú! ¡Oh! Dilo una vez más. (Asiéndole). ¡Es él! ¡Es él!
¿Dónde están ahora todos mis tormentos? ¿Dónde está la
angustia de la prisión y de los hierros? ¿Eres tú? ¡Vienes a
libertarme! ¡Ya estoy libre...! He aquí de nuevo la calle donde
te vi por vez primera y el risueño jardín donde Marta y yo te
esperábamos.

FAUSTO
(Esforzándose por llevársela). ¡Ven conmigo! ¡Ven!

MARGARITA
¡Oh! ¡Quédate! ¡Estoy tan a gusto allí donde tú estás!
(Aca-riciándole).

FAUSTO
¡Date prisa! Si no te apresuras, habremos de pagarlo caro.

MARGARITA

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