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quieroleer El zahir Paulo Coelho

­Pero no estoy triste. Estoy contenta.
­¿Ves? El tono de tu voz es falso, estás triste por mi culpa, pero no te atreves a decir nada.
­¿Por qué iba a estar triste?
­Porque ayer llegué tarde y borracho. Ni siquiera me has preguntado adonde fui.
­No me importa.
­¿Por qué no te importa? ¿No te comenté que iba a salir con Mikhail?
­¿Y no saliste?
­Sí.
­Pues entonces, ¿qué quieres que te pregunte?
­¿Tú no crees que cuando tu novio llega tarde, y dices que lo amas, deberías por lo menos
intentar saber qué pasó?
­¿Qué pasó?
­Nada. Salí con él y con un grupo de amigos.
­Entonces, ya está.
­¿Te lo crees?
­Claro que me lo creo.
­Creo que ya no me amas. No tienes celos. Estás indiferente. ¿Es normal que llegue a las dos
de la madrugada?
­¿No dices que eres un hombre libre?
­Claro que lo soy.
­Entonces, es normal que llegues a las dos de la madrugada. Y que hagas lo que buenamente
creas. Si yo fuese tu madre, estaría preocupada, pero eres adulto, ¿no? Los hombres tienen
que dejar de comportarse como si las mujeres tuviesen que tratarlos como hijos.
­No hablo de ese tipo de preocupación. Hablo de celos.
­¿Estarías más contento si te hiciese una escena ahora, en el desayuno?
­No lo hagas, los vecinos nos van a oír.
­Poco me importan los vecinos: no lo hago porque no tengo la menor intención de hacerlo.
Me ha costado, pero he acabado aceptando lo que me dijiste en Zagreb, y estoy intentando
acostumbrarme a la idea. Sin embargo, si eso te hace feliz, puedo fingir que estoy celosa, en-
fadada, fuera de mis cabales.
­Como he dicho, estás rara. Empiezo a creer que ya no tengo ninguna importancia en tu vida.
­Y yo empiezo a creer que has olvidado que tienes a un periodista esperándote en la sala y
que puede estar escuchando nuestra conversación.

Sí, el periodista. Poner el piloto automático porque ya sabía las preguntas que me iba a hacer.
Sabía cómo empezaba la entrevista («hablemos de su nuevo libro, cuál es el mensaje princi-
pal»), sabía lo que iba a responder («si quisiera transmitir un mensaje, escribiría una frase, no
un libro»).
Sabía que me preguntaría qué pensaba de la crítica, que generalmente es muy dura con mi tra-
bajo. Sabía que terminaría nuestra conversación con la frase: «¿Y ya está escribiendo un nue-
vo libro? ¿Cuáles son sus próximos proyectos?» A lo que respondería: «Eso es secreto.»
La entrevista empezó como esperaba:
­Hablemos de su nuevo libro. ¿Cuál es el mensaje principal?
­Si quisiera transmitir un mensaje, sólo escribiría una frase.
­¿Y por qué escribe?
­Porque ésa es la manera que he encontrado para compartir mis emociones con los demás.
La frase también formaba parte del piloto automático, pero paré y me corregí:
­Sin embargo, esa historia se podría contar de manera diferente.
­¿Una historia que podía ser contada de manera diferente? ¿Quiere decir que no está satisfe-
cho con Tiempo de romper, tiempo de coser?
­Estoy muy satisfecho con el libro, pero insatisfecho con la respuesta que acabo de dar. ¿Por
qué escribo? La respuesta verdadera es la siguiente: escribo porque quiero ser amado.
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