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quieroleer El zahir Paulo Coelho

Pienso que su comentario es absurdo, puedo escribir un libro cuando lo desee; conozco a edi-
tores, periodistas, gente que me debe favores. Esther es simplemente una mujer con miedo a
perderme, se inventa cosas. Digo que basta, que nuestra relación ha llegado al final, no se tra-
ta de lo que ella crea que me haría feliz, se trata de amor.
«¿Qué es el amor?», pregunta ella. Me paso más de media hora explicándoselo, y acabo dán-
dome cuenta de que no soy capaz de definirlo bien.
Ella dice que, mientras no sepa definir el amor, trate de escribir un libro.
Respondo que entre ambas cosas no hay la menor relación, que voy a marcharme de casa ese
mismo día, que ella se quede el tiempo que quiera en el apartamento; me iré a un hotel hasta
que haya conseguido un lugar en el que vivir. Ella dice que por su parte no hay ningún pro-
blema, que puedo marcharme ahora; antes de un mes, el apartamento estará libre, empezará a
buscar un sitio al día siguiente. Hago mis maletas y ella se pone a leer un libro. Digo que ya
es tarde, que me iré mañana. Ella sugiere que me vaya inmediatamente, porque mañana me
sentiré más débil, menos decidido. Le pregunto si quiere librarse de mí. Ella se ríe, dice que
he sido yo el que ha decidido acabar con todo. Vamos a dormir. Al día siguiente, las ganas de
marcharme ya no son tantas, decido que necesito pensarlo mejor. Esther, sin embargo, dice
que el asunto no está terminado: mientras no lo arriesgue todo por lo que creo que es la ver-
dadera razón de mi vida, volverá a haber días como ése, acabará siendo infeliz, y será ella la
que me dejará. Sólo que, en ese caso, la intención se convertirá inmediatamente en acción, y
quemará cualquier puente que le permita volver. Le pregunto qué quiere decir con eso. Buscar
otra pareja, enamorarme, responde ella.

Esther se va a trabajar al periódico, decido tomarme un día de descanso (además de las letras
de canciones, por el momento trabajo en una discográfica). Me instalo delante de la máquina
de escribir. Me levanto, leo los periódicos, contesto cartas importantes, cuando se acaban em-
piezo a contestar cartas sin importancia, apunto cosas que tengo que hacer, escucho música,
doy una vuelta por el barrio, charlo con el panadero, vuelvo a casa... Ha pasado todo el día y
no he sido capaz de mecanografiar ni una simple frase. Concluyo que odio a Esther, porque
me fuerza a hacer cosas que no me apetecen.
Cuando llega del periódico, no me pregunta nada; afirma que no he sido capaz de escribir.
Dice que mi mirada de hoy es la misma mirada de ayer.
Voy a trabajar al día siguiente, pero por la noche vuelvo a acercarme a la mesa en la que está
la máquina. Leo, veo la televisión, escucho música, vuelvo a la máquina, y así pasan dos me-
ses, acumulando páginas y más páginas de «primera frase», sin conseguir terminar el párrafo
nunca.
Doy todas las disculpas posibles: en este país nadie lee, todavía no tengo el argumento, o ten-
go un argumento genial, pero estoy buscando la manera correcta de desarrollarlo. Además, es-
toy ocupadísimo con un artículo o con una letra que tengo que componer. Otros dos meses, y
un día ella aparece en casa con un billete de avión.
­Basta ­dice­. Deja de fingir que estás ocupado, que eres una persona consciente de tus res-
ponsabilidades, que el mundo necesita lo que estás haciendo, y viaja durante algún tiempo.
Siempre podré ser el director del periódico en el que publico algunos reportajes, siempre po-
dré ser el presidente de la compañía de discos para la que compongo las letras y en la que es-
toy trabajando, simplemente, porque no quieren que componga letras para otras discográficas
de la competencia. Siempre podré volver a hacer lo que hago ahora, pero mi sueño ya no pue-
de esperar. O lo acepto, o lo olvido.
­¿Para dónde es el billete?
­España.
Rompo algunos vasos, los billetes son caros, no puedo ausentarme ahora, tengo una carrera
por delante y tengo que cuidarla. Perderé muchas colaboraciones con otros músicos, el pro-
blema no soy yo, el problema es nuestro matrimonio. Si quisiera escribir un libro, nadie me
impediría hacerlo.
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