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quieroleer El zahir Paulo Coelho

Me caso la primera vez con una mujer mayor que yo, aprendo mucho ­a hacer el amor, a con-
ducir, a hablar inglés, a acostarme tarde­, pero acabamos separándonos porque soy lo que ella
considera un tipo «emocionalmente inmaduro, que vive pendiente de cualquier chica con los
pechos grandes». Me caso la segunda y la tercera vez con personas que pienso que me darán
estabilidad emocional: consigo lo que deseo, pero descubro que la soñada estabilidad viene
acompañada de un profundo tedio.
Otros dos divorcios. De nuevo, la libertad, pero es simplemente una sensación; libertad no es
la ausencia de compromisos, sino la capacidad de escoger ­y comprometerme­ con lo que es
mejor para mí.
Continúo la búsqueda amorosa, continúo escribiendo letras. Cuando me preguntan qué hago,
respondo que soy escritor. Cuando dicen que sólo conocen mis letras de canciones, digo que
eso es simplemente una parte de mi trabajo. Cuando se disculpan y dicen que no han leído
ningún libro mío, explico que estoy trabajando en un proyecto, lo cual es mentira. En verdad,
tengo dinero, tengo contactos, lo que no tengo es el coraje de escribir un libro: mi sueño se ha
convertido en posible. Si lo intento y fallo, no sé cómo será el resto de mi vida; por eso, es
mejor vivir pensando en un sueño que enfrentarse a la posibilidad de verlo irse al traste.
Un día, una periodista viene a entrevistarme: quiere saber lo que significa para mí que mi tra-
bajo se conozca en todo el país, sin que nadie sepa quién soy, ya que normalmente sólo apare-
ce el cantante en los medios de comunicación. Bonita, inteligente, callada. Volvemos a encon-
trarnos en una fiesta, ya no hay presión del trabajo, consigo llevármela a la cama esa misma
noche. Me enamoro, ella cree que fue algo sin importancia. La llamo, siempre dice que está
ocupada. Cuanto más me rechaza, más interés siento, hasta que consigo convencerla para que
pase un fin de semana en mi casa de campo (aunque fuese la oveja negra, ser rebelde muchas
veces compensa, era el único de mis amigos que a esas alturas de la vida ya había conseguido
comprar una casa de campo).
Durante tres días estamos aislados, contemplando el mar, cocino para ella, ella me cuenta his-
torias de su trabajo y acaba enamorándose de mí. Volvemos a la ciudad, empieza a dormir
regularmente en mi apartamento. Una mañana, sale más temprano y vuelve con su máquina
de escribir: a partir de ahí, sin decir nada, mi casa se va convirtiendo en su casa.

Empiezan los mismos conflictos que tuve con mis mujeres anteriores: ellas siempre buscando
estabilidad, fidelidad, yo buscando aventura y lo desconocido. Esta vez, sin embargo, la rela-
ción dura más; aun así, dos años después, pienso que es el momento de que Esther vuelva a
llevarse para su casa la máquina de escribir y todo lo que vino con ella.
­Creo que no va a salir bien.
­Pero tú me amas y yo te amo, ¿no?
­No lo sé. Si me preguntas si me gusta tu compañía, la respuesta es sí. Sin embargo, si quieres
saber si puedo vivir sin ti, la respuesta también es sí.
­Yo no querría haber nacido hombre, estoy muy contenta con mi condición de mujer. Al fin y
al cabo, todo lo que esperáis de nosotras es que cocinemos bien. Por otro lado, de los hombres
se espera todo, absolutamente todo: que sean capaces de mantener la casa, de hacer el amor,
de defender a la prole, de conseguir la comida, de tener éxito.
­No se trata de eso: estoy muy satisfecho conmigo mismo. Me gusta tu compañía, pero estoy
convencido de que no saldrá bien.
­Te gusta mi compañía, pero detestas estar sólo contigo mismo. Siempre buscas la aventura
para olvidar cosas importantes. Vives pendiente de la adrenalina en tus venas y olvidas que
por ellas tiene que correr la sangre, y nada más.
­No huyo de cosas importantes. ¿Qué es importante, por ejemplo?
­Escribir un libro.
­Eso puedo hacerlo en cualquier momento.
­Entonces hazlo. Después, si quieres, nos separamos.


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