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quieroleer El zahir Paulo Coelho
restaurantes, los monumentos y las cosas magníficas que cada ciudad tiene, pero que jamás se
comentan porque «la historia que nos han contado» no las incluyó en el apartado de «visitas
obligadas».
Ya he estado antes en Zagreb. Y esta fuente aunque no aparezca en ninguna guía turística
local tiene mucha más importancia que cualquiera de las cosas que he visto aquí: porque es
bonita, la descubrí por casualidad, y está ligada a una historia de mi vida. Hace muchos años,
cuando era un joven que recorría el mundo en busca de aventura, me senté en el lugar en el
que estoy ahora, con un pintor croata que había viajado conmigo gran parte del camino. Yo
iba a continuar hacia Turquía; él volvía a casa. Nos despedimos en este lugar, bebiendo dos
botellas de vino, hablando de todo lo que había sucedido mientras estábamos juntos: religión,
mujeres, música, precio de los hoteles, drogas... Hablamos de todo menos de amor, porque
amábamos sin necesidad de hablar sobre el tema.
Después de que el pintor volvió a su casa, yo conocí a una chica, estuvimos juntos durante
tres días, nos amamos con toda la intensidad posible, ya que tanto ella como yo sabíamos que
todo iba a durar muy poco. Ella me hizo entender el alma de este pueblo, y yo jamás lo he ol-
vidado, como jamás he olvidado la fuente y la despedida de mi compañero de viaje.
Por eso, después de las entrevistas, de los autógrafos, de la cena, de la visita a monumentos y
lugares históricos, enloquecí a mis editores, pidiéndoles que me llevasen a esa fuente. Me
preguntaron dónde era: no lo sabía, como tampoco sabía que Zagreb tenía tantas fuentes.
Después de casi una hora de búsqueda, finalmente conseguimos encontrarla. Pedí una botella
de vino, nos despedimos de todos, me senté con Marie, y permanecimos callados, abrazados,
bebiendo y esperando la salida del sol.
Cada día estás más contento comenta ella, con la cabeza en mi hombro.
Porque estoy tratando de olvidar quién soy. Mejor dicho, no tengo que cargar con el peso de
toda mi historia a cuestas.
Le cuento la conversación de Mikhail con el nómada.
Con los actores pasa algo parecido comenta. En cada nuevo papel, tenemos que dejar de
ser quienes somos para vivir el personaje. Pero, al final, acabamos confusos y neuróticos.
¿Realmente crees que es una buena idea dejar de lado tu historia personal?
¿No dices que estoy mejor?
Creo que eres menos egoísta. Me ha gustado haber vuelto loco a todo el mundo para que en-
contrasen esta fuente. Pero eso es contrario a lo que acabas de contarme, forma parte de tu
pasado.
Es un símbolo para mí. Pero yo no cargo con esta fuente, no pienso en ella, no le he sacado
fotos para enseñárselas a mis amigos, no siento nostalgia del pintor que se fue ni de la chica
de la que me enamoré. Qué bien haber vuelto aquí una segunda vez, pero si no hubiese suce-
dido, en nada cambiaría lo que viví.
Entiendo lo que dices.
Me alegro.
Me entristece, porque eso me hace pensar que te vas a ir. Lo sabía desde el momento en que
nos vimos por primera vez; aun así, es difícil, ya que me he acostumbrado.
Ése es el problema: acostumbrarse.
Pero es humano.
Fue por culpa de eso por lo que la mujer con la que me casé se convirtió en el Zahir. Hasta el
día del accidente, me había convencido de que sólo podría ser feliz con ella, y no porque la
amase más que a todo y a todos en el mundo, sino porque pensaba que sólo ella me entendía,
conocía mis gustos, mis manías, mi manera de ver la vida. Le estaba agradecido por lo que
había hecho por mí, pensaba que ella debía de estarme agradecida por lo que yo había hecho
por ella. Estaba acostumbrado a ver el mundo usando sus ojos. ¿Recuerdas la historia de los
dos hombres que salen del incendio y uno tiene la cara cubierta de ceniza?
Ella retiró la cabeza de mi hombro; noté que tenía los ojos llenos de lágrimas.
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