7
quieroleer El zahir Paulo Coelho
¿Acaso merece la pena responder a esta pregunta?
No. Ya que en la respuesta está escondida mi propia incapacidad para mantener a mi lado a la
mujer que amo. ¿Vale la pena buscarla para convencerla de que vuelva conmigo? ¿Implorar,
mendigar otra oportunidad para nuestro matrimonio?
Parece ridículo: es mejor sufrir como ya he sufrido antes, cuando otras personas a las que amé
acabaron dejándome. Es mejor lamer mis heridas, como también hice en el pasado. Pasaré
algún tiempo pensando en ella, me convertiré en una persona amarga, irritaré a mis amigos
porque no tengo otro tema de conversación que no sea el abandono de mi mujer. Intentaré jus-
tificar todo lo que pasó, pasaré días y noches reviviendo cada momento a su lado, acabaré por
concluir que fue dura conmigo, que siempre he intentado ser y hacer lo mejor. Conoceré a
otras mujeres. Al caminar por la calle, a cada momento me voy a cruzar con una persona que
puede ser ella. Sufrir día y noche, noche y día. Esto puede durar semanas, meses, tal vez más
de un año.
Hasta que cierta mañana me despierto, me doy cuenta de que estoy pensando en algo diferente
y comprendo que lo peor ya ha pasado. El corazón está herido, pero se recupera, y consigue
ver la belleza de la vida otra vez. Ya ha pasado antes, volverá a pasar, estoy seguro. Cuando
alguien parte es porque otro alguien va a llegar; encontraré otra vez el amor.
Por un momento, saboreo la idea de mi nueva condición: soltero y millonario. Puedo salir con
quien quiera, a plena luz del día. Puedo comportarme en las fiestas como no me he com-
portado durante todos estos años. La información correrá de prisa, y pronto muchas mujeres,
jóvenes o no tan jóvenes, ricas o no tan ricas como pretenden ser, inteligentes o tal vez sim-
plemente educadas para decir lo que creen que a mí me gustaría oír, estarán llamando a mi
puerta.
Quiero creer que es genial estar libre. Libre otra vez. Preparado para encontrar al verdadero
amor de mi vida, a aquella mujer que me está esperando y que jamás me dejará vivir otra vez
esta situación humillante.
Acabo el chocolate, miro el reloj, sé que todavía es pronto para tener esa agradable sensación
de que formo parte de la humanidad de nuevo. Durante algunos momentos sueño con la idea
de que Esther entrará por aquella puerta, caminando por las bellas alfombras persas, se sentará
a mi lado sin decir nada, encenderá un cigarrillo, mirará el jardín interior y me cogerá de la
mano. Pasa media hora, durante ese tiempo me creo la historia que acabo de inventar, hasta
darme cuenta de que se trata simplemente de otro delirio.
Resuelvo no volver a casa. Voy a la recepción, pido una habitación, un cepillo de dientes y un
desodorante. El hotel está lleno, pero el gerente lo arregla: acabo en una bonita suite con vis-
tas a la torre Eiffel, una terraza, los tejados de París, las luces que se encienden poco a poco,
las familias que se reúnen para cenar este domingo. Y vuelve la misma sensación que tuve en
los Campos Elíseos: cuanto más hermoso es todo lo que hay a mi alrededor, más miserable
me siento.
Nada de televisión. Nada de cenar. Me siento en la terraza y hago una retrospectiva de mi vi-
da, un joven que soñaba con ser un famoso escritor y, de repente, ve que la realidad es com-
pletamente diferente; escribe en una lengua que casi nadie lee, en un país en el que decían que
no había lectores. Su familia lo fuerza a entrar en una universidad (cualquiera sirve, hijo mío,
siempre que consigas un título, porque, en caso contrario, jamás podrás ser alguien en la vi-
da). Él se rebela, recorre el mundo durante la época hippie, acaba conociendo a un cantante,
compone algunas letras de canciones y de repente consigue ganar más dinero que su hermana,
que había escuchado lo que sus padres decían y había decidido convertirse en ingeniera quí-
mica.
Escribo más letras, el cantante tiene cada vez más éxito, compro algunos apartamentos, me
peleo con el cantante, pero tengo dinero suficiente para pasar los siguientes años sin trabajar.
7
quieroleer
|
|